jueves, marzo 12, 2009

La sala de estar de la Señora Monrow.

En la sala de estar de la Señora Monrow siempre que el reloj marca una hora en punto se sirve el té. Con lo que al unisono que suenan las campanas en el reloj de péndulo del salón podemos ver a su criada, la señorita Rosemary, aparecer desde detrás de las cortinas de la puerta que da a la cocina portando una bandeja de plata con sendas tazas y platitos de porcelana con su correspondiente tetera a juego. Un total de cuatro tazas con sus respectivos platitos para la Señora Monrow y sus tres invitados: el Sr. y la Sra. Spencer, que están uno junto al otro sentados en el sofá bajo el reloj de péndulo y el Reverendo Robjows, que permanece de pie junto a la mesa del salón cerca de la Señora Monrow; la cual está sentada en el sofá individual y justo cuando ve aparecer a su criada la señorita Rosemary exclama: Por fín, el té. Y a la hora en punto.
Esto era dicho por la Señora Monrow en el mismo preciso instante en que sonaba la sexta y última campanada en el reloj de péndulo. Entonces, el Sr. Spencer, haciendo gala de un inusitado entusiasmo añadía: excelente, me encanta el té.
La señorita Rosemary procedía a servir el té a cada uno de los invitados que le correspondían con vagas sonrisas y susurrados gracias apenas imperceptibles hasta que finalmente se dispuso a atender a la amfitriona, la Señora Monrow. La cual permanecia impasible mientras gorgoteaba el té des del vertice de la tetera hasta la pertinente tacita de porcelana vertiendose en gran parte por el platito llegando a salpicar la falda plisada de la Señora Monrow a causa del temblor que achacaba las sudorosas manos de la señorita Rosemary, a lo que, finalmente, la Señora Monrow que seguía sin immutarse comentó: el mio con dos de azucar, por favor.
Lo se. Le respondió seca y desaforadamente, ya con el rostro desencajado y espetandole una mirada entre el miedo y la ira directa a los ojos de su patrona.
Por favor, Rosemary, contengase. Un frio halo de incertidumbre recorrió entonces el salón apoderandose del desasosiego de los ahí presentes. La Señora Monrow, sin levantar la vista de sus propias manos, añadió, diriendose a la criada: puede retirarse. Y Rosemary se marchó con los ojos vidriosos y llenos de amargura desapareciendo por entre las cortinas que daban a la cocina.
Resulta muy difícil encontrar hoy en día personal competente dijo en voz alta el Reverendo Robjows mientras daba un primer sorbo a su taza de té. Yo misma, en mi propia casa, el mayordomo, el Sr. Edwars... se propuso a contar la Sra. Spencer cuando su marido, el Sr. Spencer la cortó posando suavemente la mano sobre su antebrazo.
Sepa disculparla prosiguió la Señora Monrow, que aun permanecía con la mirada cabizbaja, sin atreverse a mirar a su alrededor. Para luego, en un intento de desviar la conversación comentar: En fín ¿encuentra de su gusto el té, Reverendo Robjows?
El reverendo, que apenas sí había tomado dos ínfimos sorbos de té, musitó distraídamente: bueno, en honor a la verdad, está un poco tibió.
La Señora Monrow, con la tez enrojecida por la ira, miró de soslayo hacía el lado donde estaba el reverendo aunque aun sin atreverse a alzar la vista. La Señora Spencer, en cambio, empalidecía por momentos. El Reverendo Robjows, por su parte, quedó interperrito emarado en un sudor con los ojos bien abiertos dandose cuenta de lo inapropiado de su comentario. Cuando, de repente, el Sr. Spencer se levantó del sofá y exclamó en voz alta dirigiendose a la Señora Monrow: ¡Frío! ¡Está frío! ¡El té está frío!
Luego todo quedó en calma. El Sr. Spencer volvía a estar sentado en el sofá junto a su mujer. La Señora Monrow permanecía justo a su derecha en el sofá individual y el Reverendo Robjows seguía de pie a su lado. Entonces, en el reloj de péndulo volvían a sonar otra vez las seis y la criada, la señorita Rosemary, entraba en el salón desde las cortinas que cubrían la puerta que daba a la cocina portando otra vez la impoluta bandeja de plata con la tetera llena de té frío y sendas tacitas de porcelana con sus correspondientes platitos a juego.


Cronotopía en la sala de estar de la Señora Monrow.

En la sala de estar de la Señora Monrow el tiempo pasa invariablemente en ciclos de cinco minutos. Una vez concluído cada ciclo toda ubicación espacio-temporal vuelve al punto de partida. Sentada en el sofá individual la Señora Monrow mira el reloj de péndulo para constatar que van a dar las seis. Bajo el reloj, sentados en el sofá principal uno al lado del otro, el Sr. y la Sra. Spencer. También está el Reverendo Robjows, que permanece de pie justo al lado de donde se encuentra la Señora Monrow.
Al dar la sexta campanada aparece la señorita Rosemary, la criada, que trae siempre consigo una bandeja de plata en la que lleva una tetera y cuatro tazas de porcelana con sus respectivos platitos, pero además también un azucarero y cinco cucharitas, una para servir el azucar y las demás correspondientes a cada juego de té. Aunque estos últimos elementos hayan sido omitidos en pos de una economía perceptiva.
Luego, todo parece transcurrir mediante los parametros esperados en este tipo de eventos hasta que la tensión se desencadena en el momento en que la señorita Rosemary vierte, debido al temblor que acecha sus manos, sobre el platito y también sobre la falda plisada de la Señora Monrow parte del contenido de la tetera. Y, sin embargo, esta, a pesar de ver ensuciada su falda nueva y impregnadas sus pantorrillas con té recién servido, no se quema y apenas se immuta. Esto resulta posible porque dicha infusión, como se descubrirá más adelante sugerido por el Reverendo Robjows y confirmado vehementemente por el Sr. Spencer, se encuentra en un estado térmico de enfriamiento. No por culpa de la señorita Rosemary, que sirve el té diligentemente y sin entretenerse por el camino. Tampoco de la Sra. Williams, la cocinera, que jamás es mencionada pero es quien teoricamente ha hecho hervir el agua para el té como cada tarde en la cocina de gas.
Por lo que cabe apuntar que el hecho de que el té esté completamente frío en el momento de ser servido atañe más a una persistencia en la termodinámica del líquido elemento que, al igual que la memoria de los presentes, no se ve afectada por el flujo temporal oscilante en que se encuentra atrapada la sala de estar de la Señora Monrow.
En todo caso, la propia Señora Monrow, adalid de los preceptos del mundo jamás puede llegar a admitir que algunas de las leyes más immutables del universo, como el devenir del continuum espacio-temporal, puedan verse alteradas en su propia sala de estar. Y es por eso que siempre procurará mantener la calma y preferirá culpar de los hechos acaecidos a la mala actitud de sus sirvientas. Para lo que encontrará como aliados a la Sra. Spencer, con la comparte cierta moral buerguesa, y también al Reverendo Robjows, cuya fe religiosa le conmina a recelar de cualquier explicación de caracter metafísico para dicha situación. Es por eso que intentará mostrarse de forma natural en todo momento, aunque finalmente sea un malogrado comentario suyo el que de pie a los demás a plantearse de forma explicita lo que pueda estar ahí sucediendo. Algo se desmorona entonces dentro de la Señora Monrow, a la vez que el Sr. Spencer, que antes ya había cortado de forma abrupta una explicación de su esposa que quizá ya haya oído antes miles de veces, quiza infinitas, y esta vez gritando al mismo tiempo que se levanta del sofá exclamará lo que todos saben: que el té está extremadamente frío. O, lo que es lo mismo, la evidencia de que es el mismo té que está siendo servido cada vez de forma cíclica en esa sala de estar donde, aunque nadie parezca admitirlo, se encuentran atrapados quien sabe si para siempre o desde siempre.
El Sr. Spencer no ha ganado nada con su actitud pues al rato aparecerá otra vez por entre las cortinas que dan a la cocina la señorita Rosemary portando de nuevo la bandeja de plata con la tetera y las tacitas y los platos que previamente han desaparecido de las manos de los presentes como si nada hubiera ocurrido. La señorita Rosemary, sin embargo, tampoco sabe nadie muy bien desde donde viene, a pesar de se la vea siempre aparecer por entre las cortinas que supuestamente dan a la cocina, aunque dada la extraordinariedad de la situación nadie podría atreverse a asegurarlo. Ni tampoco pueda constatarse con certeza donde esta durante el tiempo que luego desaparece con los ojos vidriosos y sumida en sollozos despues de que su patrona la conminara a retirarse. No obstante, podría suponerse que efectivamente llega y luego se marcha a la sala contigua donde detrás de unas cortinas separadoras podríamos encontrar quizá a la cocinera, la Sra. Williams y que tendría una continuidad con el resto de la casa y desde ella se pudiera acceder al resto de la ciudad en la que podríamos encontrar en el interior de la casa de los Srs. Spencer, al Sr. Edwars, su mayordomo haciendo las maletas ya que debe marcharse debido a la misteriosa desaparición de sus patrones. Por lo que ha decidido marcharse de la ciudad más allá de la cual podría encontrarse el resto del mundo. O quizá no.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

en mi ególatra opinión es bueno, mucho, pero el final afloja demasiado la tensión. hubiera quedado más coherente cortándolo antes, sin lo del mayordomo.

y ecepte mi bajito y humilde abrazo.

Imposivle dijo...

acepto tu crítica y tu abrazo.
y permiteme remitirte un ¿como va?

Anónimo dijo...

acepto como pertinente el remite de tu pregunta.
responer bien es escueto, pero tengo prisa por leer tu última entrada, así que voy ya.
en síntesis: va bien que voy.