jueves, junio 16, 2011

Escribo.

Uno escribe para los demás. Yo, por ejemplo, escribo para los escritores muertos que ya no pueden leerme. Escribo para los analfabetos y para aquellos que queman libros en piras. Y escribo también a través de ese humo negro que asciende y se dispersa.
Yo escribo para los alienigenas que nunca llegarán a conocernos. Escribo para el ser humano del futuro que jamás llegará a sospechar que antes de su tiempo existió un mundo en el que se escribió. Escribo también para los primitivos y todos aquellos que vivieron en un momento de la historia en el que aún no se había inventado la escritura. Escribo para los niños que aún no han aprendido a leer. Y escribo para los ancianos que seniles ya lo han olvidado. Yo escribo para todos aquellos que no leen.
Y también escribo para el resto del mundo. Y, además, escribo para tí.
Pero, en realidad, -más que nada- escribo para mí. Para poder leerme.

Los dedos de los pies.

Los dedos de los pies sospechan mi presencia, lo sospecho. Los siento expectantes a mis movimientos sabedores de mis puntos flacos, conocedores de algunos de mis más hondos secretos y les veo capaces de usar todo lo que saben -e, incluso, todo lo que inventan- en mi contra.
Taciturnos y maquiavélicos aprendices pentacéfalos poseedores todos y cada uno de ellos de una terrible personalidad individual se pasan casi todo el día -ociosos andarines- conspirando contra mi. Esperando el momento en que agazapados en su espera latente salten y me devoren o me lastimen de mil formas diferentes, algunas de ellas tan sutiles que ni tan siquiera ellos saben y que tampoco yo llegaría nunca a notar.
Malditos sean cuando piensan entre ellos de forma telepática cuanto me odian, cuanto desean mi desdicha que en el fondo -y ellos lo saben- también sería la suya propia. Y pertrechan planes para arrebatar mi gloria mientras se contraen y se expanden a veces al unísono, a veces en abanico o dominó. Y murmuran amenazas ininteligibles desde aquí en las que amanezco asfixiado a la mañana siguiente lleno -según el parte de la comisaría- de extrañas huellas podológico-dactilares. La policía sospecha de la mafia o de algún extraño ser amorfo.
Pero yo soy más veloz y precavido y ya he escrito esta carta que dejo sobre el mueble del recibidor a la atención del señor juez en la que especifico que vivo amenazado y paso las noches en vilo mientras los veo sobresalir por el otro extremo de la sabana mirandome fijamente con sus infinitas uñas que en apenas un descuido por mi parte pasarían a desgarrar mi fina piel o a arrancarme el corazón de cuajo. Malditos gusanos asesinos que anhelan comerse mis pulmones en medio de la noche y devorar mi hígado y saciar su delirio con el manjar de mis ojos. Corruptos organismos putrafactos que sueñan con mi destrucción o desaparición definitiva para así alzarse, por fín, vanidosos y coquetos hasta declararse en rebeldía y proclamar así su independencia y entidad propia o que en todo caso se admita que llevan injertado un ser humano al final de su ser.

jueves, junio 02, 2011

El sistema métrico del Imperio.

El sistema métrico del Imperio tenía como unidad básica de medida el pene del emperador. Así mientras sus coetaneos aduladores que proferían que dicha longitud quedaba estipulada en palmo y medio casi dos podrían tasar unas tierras en 700 penes del emperador, habría a la vez aquellos escepticos confabuladores que, proponiendo que la longitud del pene del emperador no iría más allá de los cuatro dedos de largaria, tenderían a acotar esas mismas tierras en algo más del triple: es decir, unos 2300 penes del emperador.
Todo esto provocaba graves problemas de lindes que subyacian al hecho que el poseedor de alguna tierra acababa siempre convirtiendose en un exagerador de las medidas del falo real, mientras que aquellos que querían comprar o arrendar algún terreno solían menoscabar la extensión de dicho miembro.
También se producían grandes quebraderos de cabeza a la hora de confeccionar mapas. Y era así como los cartógrafos se veían obligados a consultar a las concubinas reales para para definir las auténticas medidas del Imperio. Sin embargo, mientras la primera mujer del Emperador, Merigilda I, ya entrada en años, envidiosa de las demás mujeres más jóvenes del harem y ya poco requerida por el Emperador en sus aposentos, solía proponer medidas a la baja que proponían de esta forma un vasto Imperio, había también algunas de las más jóvebes, bellas e impresionables concubinas segun cuyos postulados de lado a lado del Imperio no alcanzaría a caber en demasía el oblongo baremo pues tan longa era a su parecer la unidad métrica del Imperio en estado de esplendor.
De este modo, ante tales fluctuaciones y percepciones contradictorias del fenómeno y ante la imposibilidad protocolaria de que el propia Emperador mostrara sus partes pudentas en público se determinó abordar la ejecución de un molde para dejar fijado en una figura de bronce para siempre la extensión exacta del divino apéndice.
Para ello se solicitó la presencia del yesista oficial de la corte que acometió solícito la ardua tarea de elaborar el imperial molde, al término de la cual, se procedería a la destrucción de la horma con que este había sido fabricado, así como a la amputación de las propias manos del yesista para que nunca pudieran volver a crear una figura de semejantes características que volviera a sumir en un caos métrico al Imperio. A pesar de que algunos historiadores aseguran que a proposición de Merigilda I se barajó la opción de cortar directamnte el miembro del Emperador para mayor seguridad. Idea que fue raudamente desdeñada por el propio Emperador alegando razones de estado y ante la súplica y el llanto de algunas de sus otras concubinas ahí congregadas.
Así pues, una vez fijado el supremo baremo estandart todo pudo ser medido desde entonces con total precisión. Y los plebeyos supieron si medían seis, siete u ocho vergas imperiales. Y pudieron definir exactamente los cartógrafos durante cuantos falos reales se extendían los ríos hasta el mar. Así como también pudieron concretar los astronomos la insignificancia del miembro viril del Emperador ante la inmensidad de la bóveda celestial. Todo se pudo medir con la suficiente exactitud y precisión gracias a la fálica vara de bronce que era guardada bajo custodia en la cámara real y todo el mundo podía consultar.
Pero un día, años más tarde, el molde del pene real desapareció y con este también Merigilda I a la que nadie nunca más volvió a ver en palacio. Se intentó reponer la obra trayendo nuevos yesistas, pero el Emperador, mermado por la vejez y el cansancio, ya no era el mismo. Y jamás se pudo volver a hacer ninguna horma de similares dimensiones. Por lo que el Imperio volvió a quedar sumido en la anarquía métrica, la ambivalencia de las distancias y la ambigúedad de las medidas.
Cuentan, eso si, que algunos viajeros creyeron reconocer en una campesina que vivía como ermitaña en un monte perdido más allá de las fronteras del Imperio el rostro de la que un día fue Merigilda I. Y dicen que se la veía sonriente y feliz.

miércoles, mayo 25, 2011

Carta de amor.

Una carta de amor escrita a mano en un papel cualquiera supo un día que ya fuera por pusilaminidad o por prudencia jamás sería enviada a su destinatario. Por lo que, despues de pasarse alguna noche en blanco rumiando tumbada sobre el escritorio cual debiera ser su proposito en la vida, una mañana -ávida de papiroflexia- dobló primero una de sus esquinas, luego la otra y retorciendose sobre sí misma y plegandose nuevamente sobre sí logró alcanzar, en no menos de veintidós movimientos, a convertirse en un auténtico pájaro de origami.
Y fue así como, luego de mirar por la ventana que ningún gris nubarrón predijera que el día se tornara lluvioso, batió sus alas de papel alzando una finísima capa de polvo a través del escritorio hasta lograr alzarse de dicha superficie y quedar levemente volando ante las estanterías. Justo delante de donde se encontraba aquel sobre en el que no se atrevieron jamás a enviarla y en el que ahora podía leer perfectamente la dirección exacta donde debía ir. Para, despues de memorizarla, salir por la ventana entreabierta de la habitación cual carta de amor transmutada en pajarito de origami volando hacia su destino.

martes, mayo 24, 2011

Escaleradecaracolofobia

 Sucede que cada vez más a la hora de subir escaleras de caracol algunas personas suelen afrontarlo con desgana o pavor. El miedo a subir escaleras de caracol se ha vuelto más frecuente en estos tiempos de recelos ignomiosos y sin sentido en que la muchedumbre percibe peligros tal vez ilusorios o de raigambre psicológica a la hora de ejecutar los actos más cotidianos.
En cualquier caso se especula que en las negativas tajantes para acometer el ascenso por alguna de estas escaleras prototípicas subyace un miedo intrinseco a su forma en hélice o espiral. Y esto bien pudiera ser debido -según algunos de los más ilustres genetistas- al hecho contrastado por la sapienza científica de que el genoma del común del ser humano estaría compuesto a base de pares cromosómicos que simulan dicha figura geométrica.
Quedaría propuesta así una cierta metáfora ilustrativa de como subir por una escalera de caracol es al mismo tiempo inmiscuírse en la misma esencia de la biología humana. Con lo que, obviamente, el interfecto que hubiera desarollado inconscientemente dicha asociación queda atrapado ipso facto por el miedo metafísico a la espiral de la existencia propia.
Claro que todo esto quedaría súbitamente refutado a través de otras propuestas de raiz más psicoanalítica o arquitectónica que postularían que la fobia a subir una escalera de caracol bien pudiera estar relacionada con la hipotética posibilidad de más tarde no conseguir bajarla. Cabrá tener en cuenta en todo caso que la forma en espiral es la prolongación de un bucle que puede llegar a prosperar de forma indefinida en un tirabuzón infinito que se alarga innecesariamente augmentando la probabilidad de caer en un agujero negro y retorcerse sobre sí mismo para toda la eternidad. La plausibilidad de este hecho racionalizaría de algún modo la adquisición del miedo a este tipo de estructuras que, por otra parte, reflejan vagamente en la mente de aquellos que no sucumben a temores infundados el dibujo que crean los surcos de una concha de caracol. De ahí, evidentemente, la nomenclatura de la servil metáfora que inculca en la mente del prójimo la mansedumbre y parsimonia del gasterópodo sublime que invita a subir lentamente cada peldaño como si el acto mismo de avanzar fuera ya de por si suficientemente autónomo dejando relegada de esta forma la función intrínseca de tener que llegar a algún lugar más allá de la escalera como si la ascensión misma fuera a su vez un descenso a los avernos y uno ya no tuviera nada claro si viene o si va a través de ese maligno mecanismo en espiral en el que ha quedado atrapado inconexamente entre el arriba y el abajo donde se oye el latido de un quasar y el murmullo de una respiración del adn proviniente del nucleo de una célula y el arrastrarse cadensioso de la eternidad alternando contracciones y elongaciones a través de las babas de sus dedos de caracol que interpérritos te acarician suavemente.

viernes, mayo 13, 2011

Afectaciones fenológicas.

Tan afectada por la fenología de las estaciones del año o por los ciclos noche-día que no podía por más que sucumbir ante los fenómenos metereológicos tales como la lluvia. Y, sobretodo, esa concreta expresión climatológica de la naturaleza tan metáfora de nuestra lacrimogena tristeza de seres humanos. Tanto que ya no sabe si es la lluvia quien la pone triste o si, en cambio, es ella quien con su estádo nostálgico y taciturno la convoca. Y, a pesar de isóbaras y anticiclones, queda mimetizado ser humano y naturaleza para sincronizar un modo existencial propicio para la melancolía.
Y así ella siente como si le lloviera por dentro y se anegara su corazón mientras oye ahí afuera la cadencia sublime de la lluvia cayendo sobre las aceras, sobre el asfalto, sobre las hojas de los arboles y el capot de los coches aparcados junto a la acera. Y es como si lloviera sobre toda la faz de la tierra en ese instante: sobre las montañas más altas y sobre los oceanos, sobre los campos de cosechas y sobre las selvas, pero también en todos y cada uno de los más áridos desiertos del planeta por solidaridad con sus sentimientos. Una lluvia torrencial e infinita y telúrica que hace crecer el curso de los ríos y desborda los pantanos y hace subir el nivel del mar hasta cotas tan extremas que las más altas montañas pronto se ven convertidas en islotes en medio de ese diluvio universal.
Es como si lloviera para siempre y desde siempre, como si el mundo entero fuera una clepsidra que marca el tiempo del universo y su unidad básica de medición fuera la lágrima.
Como si todas las estrellas del cosmos estuvieran hechas de agua y cayeran centrípetamente a través de la bóveda celestial sobre nuestras cabezas en una lluvia húmeda y mojada que nos devolviera al medio del que procedemos cuando eramos animales anfibios y acuáticos con aletas y agallas y el aire era nuestro espacio sideral y quizá por eso ahora ella se ahoga de oxígeno y siente como si sus pulmones no sirvieran para respirar en este mundo de aire en que se encuentra atrapada mientras oye ahí afuera el repiquetear de las gotas de lluvia contra el cristal.
Y se siente pez atrapado en su pecera de vidrio, sumido en su tristeza branquicéfala de ojos vacuos que no saben llorar porque las lágrimas, que no saben soñar porque sus deseos, que no tienen memoria porqué porque su pasado, que no pueden amar porque su destino, que no saben respirar porque sus pulmones, que no pueden ser felices porque afuera la lluvia y más allá las cimas de las montañas insulares y sobre las aceras y el capot de los coches y las gotas contra el cristal y las isóbaras y la clepsidra del tiempo y la tristeza branquicéfala y las estrellas cayendo centrípetamente y el universo taciturno y melacólico y las metáforas torrenciales e infinitas y su delirio anfibio y su melancolía repiqueteando contra el cristal y los pantanos lacrimógenos y las gotas de lluvia cayendo sobre toda la faz de la tierra y la fenología.

lunes, abril 25, 2011

Ftak

Justo esta mañana la oía por primera vez. Ftak. Se lo decía un joven a otro en medio de una conversación en el parque. Parecía uno de esos nuevos aforismos que suelen usarse durante algún tiempo en el argot juvenil y luego desaparecen sin dejar rastro. No pude deducir su significado por el contexto y, en realidad, habría olvidado esa palabra muy pronto sino fuera porque un rato después la volví a oír.
Fue en la cola del supermercado donde sonó en boca de la cajera mientras se esmeraba en pasar sin exito un paquete de galletas por la máquina que lee los códigos de barras. La clienta a la que atendía -que estaba justo delante mio- asintió. Con lo que ese vocablo parecía ser de uso vagamente común y algo tenía que ver con asentir o dudar o quizá plantearse algo a uno mismo en voz alta o algo así.
Yo, inmerso en las rutinas automatizadas del día a día, no me animé a preguntar a la cajera ni a la clienta por el significado de la palabra ftak.
Luego, mientras volvía a casa llevando las bolsas de la compra y, a la vez, iba haciendo una lista mental de las cosas que se me habían olvidado comprar, me topé de nuevo con esa misteriosa palabra que no había oído nunca antes hasta hoy y que ahora parecía perseguirme. Estaba escrita en el cartel publicitario de la marquesina de una parada de autobús. En ella se podía leer en letras inmensas: La Gran Ftak. Y anunciaba lo que parecía ser un gran evento o una ftak que alguien hubiese organizado. Por lo que parece que a una ftak se podía asistir, fuese lo que fuese una ftak.
Más tarde, al llegar a casa dejé las bolsas sobre la encimera de la cocina y, exhausto, me tumbé en el sofá a ver la tele. Pensé que eso distraería mi mente de buscarle significado a esa cruel palabra, pero mientras cambiaba de canal haciendo zapping volví a oírla de nuevo varias veces: en un anuncio de perfumes como sinónimo de glamour, ftak, en una noticia sobre un terremoto a modo de lamento, ftak, en el diálogo que mantenía el protagonista de una serie policial con un mafioso como una especie de amenaza, ftak, en la retransmisión de un partido de tenis a modo de elogio a un revés cruzado, ftak. En cada caso esa palabra aparecía poseyendo un significado distinto sino diatralmente opuesto. Además, también la oí pronunciar por la voz en off de una película antigua, con lo que se deducía que esa palabra que yo jamás antes de hoy había oído nunca en mi vida y ahora aparecía por todos lados, era un vocablo usado ya en el tiempo del cine clásico en blanco y negro ¿Cómo podía haber estado tanto tiempo siéndome esquiva la palabra ftak?
Decidí salir de nuevo de casa para que me diera un poco el aire e intentar dejar de pensar en la palabra ftak. Pero ya mientras bajo la escalera y me cruzo con la vecina del cuarto esta la murmura a modo de saludo:  ftak. Salgo a la calle y camino por la acera y veo a un hombre que llama a un taxi ¡Ftak! Las conversaciones de los transeúntes están compuestas en su mayoría por la palabra ftak: ftak esto, ftak lo otro, te noto un poco ftak…En la verdulería de la esquina el verdulero vocifera a su clientela: ¡compre ftak, señora, que está de oferta! En el kiosco las noticias de las portadas de los periódicos contienen todas la palabra ftak, un niño le llora a su madre pidiéndole insistentemente ¡¡¡quiero ftak, quiero ftak, quiero ftaaaak!!! Su madre lo hace callar diciéndole ¡Ftak!
Más allá veo un policía y me acerco a él con la intención de explicarle lo ocurrido. Que por la televisión y los diarios, por la calle y en todas las conversaciones se ha inmiscuido como un virus una extraña palabra sin sentido que todo el mundo está usando sin que parezca darse cuenta de que lo hace. Pero nada más presentarme delante suyo el guardia me atiende muy cordialmente diciéndome ¿Ftak?
Me alejo de él sin decirle nada y una sospecha empieza a cernirse sobre mi cabeza. Porque si las autoridades tampoco parecen percibir la palabra ftak como intrusiva, en ese caso tampoco podrán advertir que algún fenómeno extraño está sucediendo. Y entonces podría ser que estuviéramos en peligro. Toda nuestra sociedad desmoronándose a través de la incomunicación colectiva. Peor aún, ya que todos siguen hablando creyendo entenderse los unos a los otros a pesar de estar prácticamente repitiendo la misma palabra sin sentido todo el rato.
Y entonces estaríamos a punto de convertirnos en una sociedad vulnerable, adormecida e indefensa a través de la letanía del sonido de una palabra. Con lo que nuestros enemigos podrían atacarnos en cualquier instante una vez que probablemente ellos mismos han conseguido inutilizar la principal arma de nuestra especie: el lenguaje. Y sean quienes sean -algún país rival o una sociedad secreta que pretende dominar el mundo o tal vez los extraterrestres- estamos a su merced. Sumidos en la inútil cadencia de la palabra ftak.
Aunque también puede que sea yo quien está perdiendo la cabeza y oigo siempre como ftak la pluralidad de palabras que parece entender como diferentes la gente. En realidad, eso sería lo mejor. Que ftak solo estuviera en mi mente y ahí afuera el mundo continuara igual que siempre. Ajeno a un peligro inexistente.
Llego a casa de nuevo y me encierro en el cuarto de baño dispuesto a pronunciar en voz alta delante del espejo la palabra que creo oír y ver por todos lados. O quizá la palabra que algún enemigo de nuestra sociedad ha inmiscuido como un virus dentro del lenguaje de la gente sin que nadie más que yo parezca darse cuenta. La digo:
Ftak.
Es una palabra tan sencilla ftak. Y no parece significar nada en especial. Quizás un fatk o la ftak, aquella ftak o ftak esto o lo otro. No parece ser nada peligrosa ftak. Pero muy pronto seremos destruidos por aquellos que introdujeron ftak en nuestro lenguaje. O, en todo caso, yo estaré en un centro ftak recluido como el loco ftak que solo oye la palabra ftak y que, además, solo ftak esa palabra. Y en este ftak, con mis últimos ftak de semiconsciencia de lo que ftak, me doy ftak de que -lleguen los ftak a la frontera o yo esté ftak- en cualquier ftak, ya es tarde…

martes, abril 19, 2011

Historias y sucesos de guerras y paces en un mundo regido por la ley de efecto-causa.

Él se enfada, ella le grita, él la ignora, ella le recrimina, él la engaña, ella le pregunta, él llega a casa.
Empieza la guerra, superan el ultimátum, se dan el ultimátum, imposible ponerse de acuerdo, se intentan poner de acuerdo, están en desacuerdo, se intentan limar asperezas mediante los mecanismos de la diplomacia, aparece la discrepancia.
La mata, la encañona con el arma, le susurra una amenaza apenas inaudible, la asusta, aparece de sopetón por detrás de su espalda, se abalanza sobre ella, la persigue sin que lo vea, la ve entrar en el oscuro callejón.
Observa su negro futuro en el pozo de la taza, toma el café de un sorbo, remueve bien el azúcar con la cucharita, hecha el azúcar al café, rasga el sobrecito de azúcar, aletea el sobrecito de azúcar, coge el sobrecito de azúcar con su mano, observa la taza de café humeante sobre la mesa, pide otro café, ella parece que no va a llegar.
Se queda dormido junto a ella, la abraza, le dice que la ama, le besa la cara, le mesa suavemente los cabellos, la mira con ternura, se corre sobre sus tetas.
Miles de muertos y heridos, devastación y caos, casas destruidas y pueblos arrasados, trombas de agua arrastrando todo, el mar entrando tierra adentro, llega el tsunami, hay un terremoto mar adentro, una mariposa bate sus alas.

domingo, abril 17, 2011

Morirán.

Morirán los arboles y los pájaros que en ellos anidan, morirán los ríos y las montañas, morirán los planetas y las estrellas. Morirán los viejos y los jóvenes, los moribundos, pero también los recién nacidos. Mueren los días y las horas, los años, los siglos y los milenios. Morirá el universo y la mosca que revolotea en el cristal de tu ventana. Morirán los gestos y las lenguas. Morirá esta frase y también la literatura universal al completo. Morirán los amaneceres y los atardeceres y cada uno de sus crepúsculos.
Morirán los hombres y mujeres del futuro como murieron los hombres y mujeres del pasado. Morirán las células que nos componen y morirán -a pesar de ser eternos- los átomos de que estamos hechos. Morirá el universo y sus aledaños. Morirás tu y moriré yo. Morirá la memoria de las cosas y morirá todo. Incluso, hasta la muerte morirá.
Y, luego, solo quedará un déjà vu de que todo esto habrá sucedido.
O, quizás, haya sucedido ya.

martes, abril 05, 2011

Historias de cronopios y de famas.

Afectación de la lluvia sobre un cronopio.

Cada vez que llueve los cronopios se ponen contentísimos y hacen bailes de la lluvia -aunque a posteriori- y recitan alabanzas a las metereólogos por haberse vuelto a equivocar de nuevo y cantan enardecidos por el maná que cae des del cielo en forma de gotas de agua. Luego, algunos de ellos vuelven de su frenesí y notan con frecuencia que la lluvia torrencial les ha pillado atrapados dentro una cabina de teléfono y no trajeron paraguas.

El andar repentino de los cronopios.

Al cronopio de a pie le sucede que a veces sin motivación aparente mientras va caminando por la calle empieza a saltar de una pata, de una pata, de una pata, de dos, de una y de dos. Tal y como si hubiera dibujada en tiza sobre la vereda una rayuela imaginaria.


Gustos del cronopio.

A los cronopios les gusta mucho el color azul marino y no tanto por el color en sí mismo sino por su clara referencia al mar. Pues un cronopio siempre está en consonancia con su faceta acuática debido a que en algún lugar recondito de su psique o de la memoria de su piel aun guarda recuerdos de cuando en la escala evolutiva fue un animal anfibio que se quedaba largas horas en la orilla mirando el mar meditando la cruel decisión de abandonarlo para siempre. Aunque, finalmente, esta no fuera una decisión definitiva pues muchos de los cronopios de hoy en día son ingenieros navales, patrones de barco o buzos o al menos soñaron con serlo de mayores cuando eran niños.


Lectura en el metro.

Siempre que leen algo que les gusta mucho los cronopios lo hacen en voz alta e interpretando el pasaje con ostensibles aspavientos sin importarles estar en el metro rodeados de tristes y grises famas con cara de estar observando un cactus y de alguna esperanza que despistada ha tomado la linea en sentido contrario. Y entonces los famas empiezan a proferir graves miradas de soslayo que vienen a dictaminar que en el metro el silencio, porque las personas decentes, porque las buenas costumbres y los manuales de viabilidad soterrada. Mientras que la esperanza empieza a darse cuenta que su norte es el sur y su izquierda su derecha.

J.C.

domingo, marzo 27, 2011

Maneras de estar en el mundo: instrucciones para existir.

Sea. O permanezca sobre la faz de la tierra de forma inubicua. Ampárese en el principio de certidumbre que indica que cualquier cosa bien pudiera ser cierta. Declárese cosa en sí misma. Aférrese a la realidad. Manténgase. Exista.
Piense, sin embargo, que el mero hecho de existir puede acarrear de por sí grandes contratiempos. Uno queda instaurado entonces en su biografía y además se verá de inmediato afectado por la ontología propia. La existencia conlleva implícitamente la obligación de ser, muy probablemente la necesidad de vivir y unido a esta el derecho inalienable a morir o, incluso, a estar muerto.
Entonces, Exista Ud. Según su propio criterio. Y viva a su manera, sea como desee, haga lo que crea, piense lo que quiera, diga lo que prefiera, expóngase. Haga acto de presencia en este mundo, cometa errores, materialícese en la realidad para ser veraz y ser alguien. Luego, cerciónese de serlo y, más tarde, corrobórese.
Ocupe su lugar en el mundo y asista a él. Coexista con sus coetáneos, sobreviva al momento,  subsista al instante. Aténgase al aquí y ahora. Permanézcase.  Sea.

martes, marzo 01, 2011

Breve catálogo de mitos sobre el amor.

Los mayas creyeron que el amor era un fenómeno mágico fácilmente explicable por la ingesta de un diminuto pájaro carpintero que se colaba por nuestra boca entreabierta mientras dormíamos y anidaba en nuestro corazón. De tal modo que, ante la contemplación de la persona por quien pasábamos a estar desde ese entonces mágicamente enamorados, el pájaro carpintero se avivaba y empezaba a picotear con tal fuerza nuestro corazón que el pulso se nos aceleraba, el ritmo cardíaco entraba en frenesí y el enamorado sentía como su corazón se desbocaba debido a la pasión mágica del hechizo del amor.


Los persas, por su parte, creyeron que el amor era un sueño en el que quedábamos sumergidos una noche y ya no nos podíamos despertar. De ese modo, al estar inmersos en un sueño, no eramos dueños de nuestras acciones y nos movíamos por influjos que no podíamos controlar yendo de aquí para allá a través de escenas cotidianas que no tenían sentido cuando la persona amada no estaba presente. Y, en cambio, cuando lo estaba nuestros sentidos quedaban alterados porque temíamos despertar en ese justo instante y que todo se desvaneciera cosa que, a veces, ocurría.
Pero otras veces, si la persona amada nos correspondía amorosamente en ese sueño, nos encontrábamos, a la vez, dentro del sueño de esa persona que también estaba soñando estar enamorada. Y el amor era eso: quedar los dos amantes atrapados en un sueño recíproco del que, a veces, nunca despertaban. Pero otras veces sí.


Para el pueblo esquimal de los inuit el amor era considerado como una enfermedad. Pues la persona enamorada solía descuidar sus tareas de aprovisionamiento del hogar y de abrigo llegando incluso, a veces, a morir alguien de frío o desnutrición creyéndose abrigado y alimentado tan solo por amor.
Es por eso que los más ancianos del pueblo recetaban medicinas e ungüentos contra el mal de amor. Pensando que si uno tomaba esas pociones a base de aceite de hígado de foca y bilis de oso polar mezclado con algas y hierbajos varios dejaría pronto de estar enamorado y de ser un puijilittatuq.
La creencia de que esos brebajes eran eficientes estaba bastante consolidada debido a que el porcentaje de personas que dejaban de estar enamorados después de tomar el remedio era ostensiblemente mayor con respecto a los que no lo habían tomado. Pero los ancianos no habían tenido en cuenta que esos datos estaban bastante influenciados porque quienes tomaban dicho brebaje eran aquellos que de algún modo en parte querían dejar de estar enamorados. Circunstancia que en el fondo constataba que, en realidad, no estaban tan enamorados en comparación con aquellos otros que se negaban a tomar dicha medicina prefiriendo no curarse y seguir sintiendo la enfermedad del amor aún a riesgo de que por ello pudieran morir de hambre o morir congelados.


El amor en el antiguo Egipto era una plaga de dimensiones bíblicas. Los Faraones pensaron que el amor era una maldición que se cernía a veces sobre su pueblo y que podía ser contagiada a través del aire entre sus súbditos.
Para contener dicha plaga se llevaron a cabo diversos sacrificios a los dioses intentando de este modo calmar su ira. Pero  esa plaga era más persistente que cualquier enjambre de langostas y más contagiosa que la lepra. Así que cuando el Faraón Ramsés creyó estar el mismo imbuido por la maldición, reconociéndose humano en esa debilidad y, por ende, mortal a través de esta, fue tal su desolación que mandó exiliar todo su harem de concubinas, hizo que sus súbditos se mantuvieran encerrados en sus casas durante ochenta días y ochenta noches para intentar erradicar el contagio y, dejando de creerse un dios y proveyendo así su futura muerte, hizo construir una pirámide de dimensiones colosales en el centro de la cual, tras múltiples pasadizos se hizo acomodar una cámara mortuoria en la que se depositara su cadáver debidamente momificado dentro de un sarcófago empalado tras varios compartimentos estancos rodeados de gruesos muros sellados no dejaran pasar el aire y lo aislaran tras su muerte del acecho de aquella plaga de la que sospechaba que no podría desprenderse jamás en vida y cuyo único anhelo ya era tan solo que no lo acompañara también después de muerto para toda la eternidad.



Para los pueblos bárbaros el amor era un hechizo que habitaba dentro del alma de la gente. Para ser más exactos el hechizo consistía en la traslación del alma de una persona hasta dejarla encerrada dentro del cuerpo de otra. Y era por eso que dicha persona no dejaba de pensar en aquel ser cuya alma había quedado atrapada dentro de uno mismo. Y, además, el alma, ante la cercanía del ser al cual pertenecía, se agitaba y se revolvía dentro de su cautiverio intentando escapar y provocando con ello temblores y afectaciones varias en su cuerpo huésped. Y este sentía la atracción inherente del alma atrapada hacia la persona a la que pertenecía y es por eso notaba un impulso irrefrenable por besarla, tocarla y hacerle el amor. Intentando a través del acto máximo de unión entre dos seres una transmigración del alma de nuevo hasta el cuerpo del que provenía.
Pero, eso, en realidad, resultaba muy complicado y requería tiempo y perseverancia. Por lo que lo ideal era que aquella misma persona cuya alma poseíamos estuviera también hechizada con la posesión de nuestra propia alma. Eso provocaba una atracción mutua que hacía que las almas intentaran intercambiarse el cuerpo la mayoría de los días y casi todas las noches. Y era con tanto empeño como alguna vez alguna de las almas o las dos conseguían salirse del cuerpo y regresar al suyo revirtiendo de esta forma el hechizo. Pero, otras veces, eso no se conseguía nunca, aunque los hechizados se empeñaran en ello juntando sus cuerpos cada noche y acariciándose y besándose intentando desprenderse del alma del otro fusionándose entre sí. Pero al alba volvían a despertar todavía hechizados mutuamente y aún despuntando el día sin desánimo lo volvían a intentar de nuevo.



Para los mesopotámicos el amor era una convención social arraigada en su pueblo generación tras generación. Y como costumbre social debía ser seguida con vehemencia y protocolo. Por lo que se consideraba de la más fina educación y respeto por la tradición el estar enamorado.
Eso hacía, a la vez, que muchos fingieran estar sometidos a los designios del amor tan solo por adecuarse al comportamiento que se esperaba de ellos.
Hacían poemas a la luz de la luna llena con indisimulada impostura y fingido arrebato, tomaban bebidas excitantes al anochecer para padecer insomnio y poder pasar así toda la noche en vela dando vueltas en la cama procurando pensar en la persona supuestamente amada y , luego, salían aún de madrugada para ver las naves zarpar alejándose lentamente más allá del horizonte mientras el amante fingidor jugaba a ponerle el nombre de la persona amada a cada ola del mar.
También solían apretar las puntas de los dedos de los pies y cerraban los puños con fuerza ante la presencia de esa persona a la que querían hacer ver que amaban para acelerar así su ritmo cardíaco ante esta. Además de aguantar también en su presencia la respiración provocándose pequeñas apneas que dificultaran su respiración ante el presunto ser querido.
Se llevaban a cabo tal serie de engaños y simulaciones por parte de tantos por ser aceptados socialmente que ya nadie sabía quien estaba realmente enamorado y quienes tan solo fingían estarlo.
Que más daba, porque qué era la tradición del amor sino una costumbre heredada de engaño y fingimiento de lo que en realidad eramos. Y todo aquel que acataba la costumbre de forma natural porque sentía que formaba parte de él no se diferenciaba en nada de aquellos que intentaban simular con artimañas un comportamiento llevado a cabo por la mayoría.
Además, de tanto fingir aquellos síntomas amorosos y las acciones atribuladas de los amantes uno acababa al final por no poder distinguir a veces si aún seguía parodiando el enamoramiento o si en una de estas se había enamorado de verdad. Y, en verdad, la diferencia entre las dos cosas resulta a veces casi imperceptible.

lunes, febrero 28, 2011

vidas de cucaracha

Las cucarachas nacen, crecen, se aparean, se reproducen, mueren, desaparecen y, luego, envejecen.

domingo, febrero 13, 2011

Derechos de autor.

Derecho a ignorar al lector, a menospreciarlo, a insultarlo. Idiota.
Derecho a no saber el final de la historia, a cambiarle los finales felices a los relatos. Derecho a escribir ideas estúpidas creyendo que no lo son. Derecho a dejar de escribir buenas ideas no sabiendo que hubieran sido buenas. Derecho a equivocarse. Derecho a cometer faltas de ortografía, de sintaxis y de gramática. Derecho a abusar de la metáfora. Derecho a ser mediocre, a ser anodino, a no vencer el olvido. Derecho a vencerlo, a ser genial, a ser extraordinario.
Derecho a ser juzgado. Derecho a caerle mal a la gente en contraposición a aquellos que no escriben y, por tanto, no serán juzgados por ello y en contraste con aquellos que sí escriben pero caen bien o no caen bien ni mal y también en comparación con aquellos que sí escriben y también caen mal pero por motivos distintos o, incluso, por motivos parecidos.
Derecho a tener derecho.
Derecho a caer en tópicos. Derecho a copiar y plagiar si no se nota demasiado. Derecho a recrear lo ya escrito. Derecho a homenajear a otros autores, preferiblemente muertos. Y derecho a ser copiado, plagiado, recreado y homenajeado después de muerto. Derecho a morir. Pero también, derecho a vivir eternamente.
Derecho a ser tergiversado por los demás. Derecho a ser malinterpretado por alguien. Derecho a ser criticado por alguno. Derecho a ser vilipendiado por las masas. Derecho al escarnio público y derecho a la íntima animadversión. Derecho a ser denostado, a ser exaltado, derecho a ser vanagloriado, a ser desprestigiado, derecho a ser ultrajado, a ser idolatrado, derecho a ser glorificado, a ser menoscabado, infravalorado, mitificado, abominado, admirado, odiado, querido, ignorado.
Derecho a ser leído.

lunes, enero 31, 2011

El reloj que atrasaba tiempo.

Su reloj atrasa, atrasa tiempo. Y lo primero que se deriva de ello es un leve decalaje que va del instante en que escucha algún chiste y su risa tardía que llega demorada en un par de segundos. Lo siguiente que se aprecia es que siempre pierde los autobuses por apenas cinco segundos y de nada le vale el último sprint para llegar a justo a tiempo porqué el conductor recio e inexpugnable cierra la puerta sin mirar tan siquiera por el retrovisor si llega corriendo por la acera algún rezagado. A partir de ahí la enfermedad acucia y empieza a hablar en delay: moviendo los labios sin emitir ningún sonido, para que luego de un instante se empiecen a oír las palabras antes pronunciadas cuando su boca ya está articulando otros sonidos inconexos o puede que incluso ya haya acabado de hablar y se queda con los labios cerrados mientras se termina de escuchar lo relatado anteriormente. Los signos empiezan a ser preocupantes y ya no puede llegar al cine sin que haya empezado ya la película hace no menos de cinco o diez minutos sino, incluso, un cuarto de hora o más. No cabe decir que al trabajo siempre llega unos veinte minutos tarde. La enfermedad se agudiza y, mientras su reloj va -paulatinamente- atrasando de a poco cada día un poco más, este hombre ya llega un promedio de casi una hora tarde a las citas. Sus amigos se impacientan, el comité ejecutivo está de mal humor, las mujeres con las que a veces queda para algún encuentro de carácter romántico se desengañan, su reloj sigue atrasando tiempo sin importarle nada.
El hombre que lleva un reloj que atrasa tiempo va demorando su cita con la vida y ya no llega a fin de mes. La enfermedad que le acecha hace que procrastine sus obligaciones, que postergue sus sueños, que posponga estaciones, que se demore el calendario y deba aplazar su cumpleaños una vez mas. La enfermedad se vuelve crónica e incurable y, al final, siempre llegará tarde a su cita con la muerte. Con lo que el hombre que lleva un reloj que atrasa tiempo puede ser que no muera jamás.

martes, diciembre 28, 2010

Porción de irrealidad.

el escritor escribe sobre un hombre que en medio de un cuarto lleno de lienzos tirados por el suelo está dando las ultimas pinceladas a su ultimo cuadro posado encima del caballete justo bajo la bombilla del techo que irradia una luz mortecina que se disemina por toda la estancia sobre los lienzos apilados contra las paredes, sobre las sillas donde se amontonan mas lienzos, sobre la estantería repleta de tubos de pintura, de botes llenos de pinceles y una maqueta de hombre como la que usan los pintores que recrea la pose del pensador de Roden pensando en un corazón que late como un pájaro carpintero.
Y, además, bajo la luz cenicienta de un biombo de paisajes chinescos que jamás existieron más que en la imaginación de un estampador se vislumbra la opaca figura de un gato durmiendo obillado en su negro pelaje agorero de profecias adversas que anda soñando que vive en el interior de una caja de daguerrotipias donde se vela la imagen de un conspicuo e ilustre vecino de cierta ciudad.
Y también más alla se ve un sucio fregadero lleno de iridiscentes reflejos de pintura y disolvente en los que se refracta vagamente la luz de la bombilla del techo donde el pintor va terminando su obra. Mientras que en el redondo espejo de la pared de enfrente -en plena desincronía espacio-temporal- se ve reflejada la imagen de
Leonardo da Vinci esbozando el primer croquis del hombre de Vitrubio en su estudio de milanés alrededor del año 1942.
*EL DESIERTO

A unos trescientos o cuatrocientos metros de la Pirámide me
incliné, tomé un puñado de arena, lo dejé caer silenciosamente un
poco más lejos y dije en voz baja: Estoy modificando el Sahara. El
hecho era mínimo, pero las no ingeniosas palabras eran exactas y
pensé que había sido necesaria toda mi vida para que yo pudiera
decirlas. La memoria de aquel momento es una de las más
significativas de mi estadía en Egipto.

Borges

lunes, diciembre 13, 2010

La ventana abierta. Saki

-Mi tía bajará enseguida, señor Nuttel -dijo con mucho aplomo una señorita de quince años-; mientras tanto debe hacer lo posible por soportarme.
Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara debidamente a la sobrina sin dejar de tomar debidamente en cuenta a la tía que estaba por llegar. Dudó más que nunca que esta serie de visitas formales a personas totalmente desconocidas fueran de alguna utilidad para la cura de reposo que se había propuesto.

-Sé lo que ocurrirá -le había dicho su hermana cuando se disponía a emigrar a este retiro rural-: te encerrarás no bien llegues y no hablarás con nadie y tus nervios estarán peor que nunca debido a la depresión. Por eso te daré cartas de presentación para todas las personas que conocí allá. Algunas, por lo que recuerdo, eran bastante simpáticas.

Framton se preguntó si la señora Sappleton, la dama a quien había entregado una de las cartas de presentación, podía ser clasificada entre las simpáticas.

-¿Conoce a muchas personas aquí? -preguntó la sobrina, cuando consideró que ya había habido entre ellos suficiente comunicación silenciosa.

-Casi nadie -dijo Framton-. Mi hermana estuvo aquí, en la rectoría, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación para algunas personas del lugar.

Hizo esta última declaración en un tono que denotaba claramente un sentimiento de pesar.

-Entonces no sabe prácticamente nada acerca de mi tía -prosiguió la aplomada señorita.

-Sólo su nombre y su dirección -admitió el visitante. Se preguntaba si la señora Sappleton estaría casada o sería viuda. Algo indefinido en el ambiente sugería la presencia masculina.

-Su gran tragedia ocurrió hace tres años -dijo la niña-; es decir, después que se fue su hermana.

-¿Su tragedia? -preguntó Framton; en esta apacible campiña las tragedias parecían algo fuera de lugar.

-Usted se preguntará por qué dejamos esa ventana abierta de par en par en una tarde de octubre -dijo la sobrina señalando una gran ventana que daba al jardín.

-Hace bastante calor para esta época del año -dijo Framton- pero ¿qué relación tiene esa ventana con la tragedia?

-Por esa ventana, hace exactamente tres años, su marido y sus dos hermanos menores salieron a cazar por el día. Nunca regresaron. Al atravesar el páramo para llegar al terreno donde solían cazar quedaron atrapados en una ciénaga traicionera. Ocurrió durante ese verano terriblemente lluvioso, sabe, y los terrenos que antes eran firmes de pronto cedían sin que hubiera manera de preverlo. Nunca encontraron sus cuerpos. Eso fue lo peor de todo.

A esta altura del relato la voz de la niña perdió ese tono seguro y se volvió vacilantemente humana.

-Mi pobre tía sigue creyendo que volverán algún día, ellos y el pequeño spaniel que los acompañaba, y que entrarán por la ventana como solían hacerlo. Por tal razón la ventana queda abierta hasta que ya es de noche. Mi pobre y querida tía, cuántas veces me habrá contado cómo salieron, su marido con el impermeable blanco en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando como de costumbre "¿Bertie, por qué saltas?", porque sabía que esa canción la irritaba especialmente. Sabe usted, a veces, en tardes tranquilas como las de hoy, tengo la sensación de que todos ellos volverán a entrar por la ventana...

La niña se estremeció. Fue un alivio para Framton cuando la tía irrumpió en el cuarto pidiendo mil disculpas por haberlo hecho esperar tanto.

-Espero que Vera haya sabido entretenerlo -dijo.

-Me ha contado cosas muy interesantes -respondió Framton.

-Espero que no le moleste la ventana abierta -dijo la señora Sappleton con animación-; mi marido y mis hermanos están cazando y volverán aquí directamente, y siempre suelen entrar por la ventana. No quiero pensar en el estado en que dejarán mis pobres alfombras después de haber andado cazando por la ciénaga. Tan típico de ustedes los hombres ¿no es verdad?

Siguió parloteando alegremente acerca de la caza y de que ya no abundan las aves, y acerca de las perspectivas que había de cazar patos en invierno. Para Framton, todo eso resultaba sencillamente horrible. Hizo un esfuerzo desesperado, pero sólo a medias exitoso, de desviar la conversación a un tema menos repulsivo; se daba cuenta de que su anfitriona no le otorgaba su entera atención, y su mirada se extraviaba constantemente en dirección a la ventana abierta y al jardín. Era por cierto una infortunada coincidencia venir de visita el día del trágico aniversario.

-Los médicos han estado de acuerdo en ordenarme completo reposo. Me han prohibido toda clase de agitación mental y de ejercicios físicos violentos -anunció Framton, que abrigaba la ilusión bastante difundida de suponer que personas totalmente desconocidas y relaciones casuales estaban ávidas de conocer los más íntimos detalles de nuestras dolencias y enfermedades, su causa y su remedio-. Con respecto a la dieta no se ponen de acuerdo.

-¿No? -dijo la señora Sappleton ahogando un bostezo a último momento. Súbitamente su expresión revelaba la atención más viva... pero no estaba dirigida a lo que Framton estaba diciendo.

-¡Por fin llegan! -exclamó-. Justo a tiempo para el té, y parece que se hubieran embarrado hasta los ojos, ¿no es verdad?

Framton se estremeció levemente y se volvió hacia la sobrina con una mirada que intentaba comunicar su compasiva comprensión. La niña tenía puesta la mirada en la ventana abierta y sus ojos brillaban de horror. Presa de un terror desconocido que helaba sus venas, Framton se volvió en su asiento y miró en la misma dirección.

En el oscuro crepúsculo tres figuras atravesaban el jardín y avanzaban hacia la ventana; cada una llevaba bajo el brazo una escopeta y una de ellas soportaba la carga adicional de un abrigo blanco puesto sobre los hombros. Los seguía un fatigado spaniel de color pardo. Silenciosamente se acercaron a la casa, y luego se oyó una voz joven y ronca que cantaba: "¿Dime, Bertie, por qué saltas?"

Framton agarró deprisa su bastón y su sombrero; la puerta de entrada, el sendero de grava y el portón, fueron etapas apenas percibidas de su intempestiva retirada. Un ciclista que iba por el camino tuvo que hacerse a un lado para evitar un choque inminente.

-Aquí estamos, querida -dijo el portador del impermeable blanco entrando por la ventana-: bastante embarrados, pero casi secos. ¿Quién era ese hombre que salió de golpe no bien aparecimos?

-Un hombre rarísimo, un tal señor Nuttel -dijo la señora Sappleton-; no hablaba de otra cosa que de sus enfermedades, y se fue disparado sin despedirse ni pedir disculpas al llegar ustedes. Cualquiera diría que había visto un fantasma.

-Supongo que ha sido a causa del spaniel -dijo tranquilamente la sobrina-; me contó que los perros le producen horror. Una vez lo persiguió una jauría de perros parias hasta un cementerio cerca del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién cavada, con esas bestias que gruñían y mostraban los colmillos y echaban espuma encima de él. Así cualquiera se vuelve pusilánime.

La fantasía sin previo aviso era su especialidad.

martes, noviembre 30, 2010


Axolotl.

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

Julio Cortazar.

jueves, noviembre 25, 2010

Bajo la amarilla luz de la bombilla del techo.

Bajo la amarilla luz de la bombilla del techo ahorcada tan solo del cable de la electricidad y que impregna de una sordida calidez amarillenta la pequeña habitación de tu cuarto y que si la miras fijamente alzando la vista hacia el techo aunque solo sea por unos escasos segundos te deja al cerrar los ojos un amarillo punto en medio de la oscuridad de tus párpados que se vuelve a su vez al abrirlos de nuevo un punto negro sobre la superficie amarillada y desnuda de una de las paredes de la pieza imbuída de soledad y fulgor crepuscular de luz artificial de bombilla halógena que brilla algo opácamente como una idea difusa sobre tu cabeza y llena de sombras urañas los recovecos de la habitación donde se amontonan sobre una silla plegable prendas de ropa revueltas y el croquis de una estantería y el esbozo a mano de un perchero de ramas mustias de arbol caduco contra la pared y el perfil rectilinio de una mesa escritorio y la penumbra de debajo de la cama como una zona cero prendida en la nada donde va a morir toda la luz que sobra para compensar la que nace a cada instante desde la callada bombilla que prende del techo amarilla e impúdica estás.