Plantilla para poema de amor descartable.
Querida, [ponga aquí el nombre de su amada]:
Flor de mi vida, querida luz de mi existencia, te amo como nunca antes he amado a otra mujer, queridísima [ponga aquí el nombre de su amada].
Tu belleza sin igual embriaga mi mirada y hechiza mi ser. Y cuando te contemplo mi corazón palpita desbocado así como cuando estoy a tu lado ¡oh [ponga aquí el nombre de su amada]! quisiera que el tiempo se detuviera junto a ti.
Y es que tu, [ponga aquí el nombre de su amada], eres única entre todas las demás y haces que mi amor por ti sea absoluto e intransferible. Y te amaré hasta el infinito y para siempre y aun más allá.
Porqué mi amor por ti es eterno, [ponga aquí el nombre de su amada], y no ha de extinguirse jamás. Y nunca he de volver a amar a otra como te quiero a ti, [ponga aquí el nombre de su amada].
miércoles, diciembre 21, 2011
domingo, diciembre 18, 2011
Los Blablablás.
Los blablablás están por todas partes acechándote cada día con su terco blablablá de frases consabidas, argumentos trillados y preguntas retóricas que se contestan solas en el mejor de los casos.
Los blablablás recurren a los tópicos del día a día para entablar conversaciones que en realidad tan solo son monólogos de su silencio parafraseado. Y así el blablablá cuanto te encuentre en una fiesta te contará chistes ancestrales como antídoto de la risa o si te lo cruzas en el ascensor te ofrecerá el parte metereológico de hoy y mañana. Pues el cielo del blablablá está lleno de isobaras.
Y es que a los blablablás te los puedes encontrar en cualquier lugar y evento cotidiano y en seguida empiezan con su blablablá a desmenuzar la actualidad como si las anécdotas del presente fueran reflejo de algo eterno . Así el blablablá utilizará para ello frases manidas que repite como un mantra a través de los medios de comunicación de masas o de forma consuetudinaria. Y cabe destacar que el blablablá cree que esas frases las ha inventado él y es por eso que las repite constantemente a todas y cada una de las personas a las que se va encontrando e, incluso, te las volverá a reiterar de nuevo como si jamás te las hubiera dicho nunca si te lo vuelves a encontrar de nuevo otra vez.
Porqué los blablablás te asaltan en cualquier lugar con cordiales argumentos tras los que se oculta un discurso interminable de cosas que no quieres saber y te las cuentan, de preguntas que no quieres responder y te las hacen, de historias que no quieres oír y te las dicen. Así son los blablablá, perseverantes en su misión de propagar una realidad discursiva basada en nada. Y es que el blablablá si no habla se ahoga y no puede respirar. Y de este modo, comentandote el partido de ayer, el último chisme que ha oído, alguna noticia sobre política o cualquier burda broma que les venga a la cabeza los blablablá están salvando su vida de la apnea de pensar. Un blablablá callado es un blablablá muerto y ellos lo saben y por eso se les ilumina el rostro cuando te encuentran en cualquier lugar indefenso ante su ataque dialéctico de palabras vacías que se concatenan las unas con las otras cubriendo temas y motivos de la nada unos tras otros en su sempiterno, recurrente e incesante blablablá. Así son los blablablá.
Los blablablás están por todas partes acechándote cada día con su terco blablablá de frases consabidas, argumentos trillados y preguntas retóricas que se contestan solas en el mejor de los casos.
Los blablablás recurren a los tópicos del día a día para entablar conversaciones que en realidad tan solo son monólogos de su silencio parafraseado. Y así el blablablá cuanto te encuentre en una fiesta te contará chistes ancestrales como antídoto de la risa o si te lo cruzas en el ascensor te ofrecerá el parte metereológico de hoy y mañana. Pues el cielo del blablablá está lleno de isobaras.
Y es que a los blablablás te los puedes encontrar en cualquier lugar y evento cotidiano y en seguida empiezan con su blablablá a desmenuzar la actualidad como si las anécdotas del presente fueran reflejo de algo eterno . Así el blablablá utilizará para ello frases manidas que repite como un mantra a través de los medios de comunicación de masas o de forma consuetudinaria. Y cabe destacar que el blablablá cree que esas frases las ha inventado él y es por eso que las repite constantemente a todas y cada una de las personas a las que se va encontrando e, incluso, te las volverá a reiterar de nuevo como si jamás te las hubiera dicho nunca si te lo vuelves a encontrar de nuevo otra vez.
Porqué los blablablás te asaltan en cualquier lugar con cordiales argumentos tras los que se oculta un discurso interminable de cosas que no quieres saber y te las cuentan, de preguntas que no quieres responder y te las hacen, de historias que no quieres oír y te las dicen. Así son los blablablá, perseverantes en su misión de propagar una realidad discursiva basada en nada. Y es que el blablablá si no habla se ahoga y no puede respirar. Y de este modo, comentandote el partido de ayer, el último chisme que ha oído, alguna noticia sobre política o cualquier burda broma que les venga a la cabeza los blablablá están salvando su vida de la apnea de pensar. Un blablablá callado es un blablablá muerto y ellos lo saben y por eso se les ilumina el rostro cuando te encuentran en cualquier lugar indefenso ante su ataque dialéctico de palabras vacías que se concatenan las unas con las otras cubriendo temas y motivos de la nada unos tras otros en su sempiterno, recurrente e incesante blablablá. Así son los blablablá.
Etiquetas:
Breve curso de incomunicación humana
lunes, diciembre 12, 2011
Contraindicaciones del hecho de existir.
Las autoridades sanitarias advierten que existir puede producir efectos secundarios contradictorios como alteración del estado del sueño, somnolencia, aceleración del ritmo cardíaco, disminución de la frecuencia cardiovascular, afección amorosa, odio al prójimo, furor concupiscente, apatía sexual, alteración extática de los estados anímicos, ataraxia, sentimientos de profunda tristeza, alegría desmedida e injustificada, claustrofobia, agorafobia, incertidumbre por los acontecimientos venideros, certeza del mañana, miedo repentino, valor inesperado, agudeza visual, percepción borrosa de lo circundante, sabiduría omnisciente, desconocimiento absoluto de las cosas, risa hilarante, llanto lacrimógeno, introversión, extroversión, introspección, extrospección, verborrea, laconismo, ataques de ira furibunda, mansedumbre, proyección onírica del destino de uno mismo, realismo austero del devenir propio, sensación de fugacidad ante el transcurso del tiempo, anquilosamiento y visión eternalista de cada instante, perdida de apetito, hambre insaciable, frio, calor y tos seca.
Y, además, también se advierte que vivir mata.
Las autoridades sanitarias advierten que existir puede producir efectos secundarios contradictorios como alteración del estado del sueño, somnolencia, aceleración del ritmo cardíaco, disminución de la frecuencia cardiovascular, afección amorosa, odio al prójimo, furor concupiscente, apatía sexual, alteración extática de los estados anímicos, ataraxia, sentimientos de profunda tristeza, alegría desmedida e injustificada, claustrofobia, agorafobia, incertidumbre por los acontecimientos venideros, certeza del mañana, miedo repentino, valor inesperado, agudeza visual, percepción borrosa de lo circundante, sabiduría omnisciente, desconocimiento absoluto de las cosas, risa hilarante, llanto lacrimógeno, introversión, extroversión, introspección, extrospección, verborrea, laconismo, ataques de ira furibunda, mansedumbre, proyección onírica del destino de uno mismo, realismo austero del devenir propio, sensación de fugacidad ante el transcurso del tiempo, anquilosamiento y visión eternalista de cada instante, perdida de apetito, hambre insaciable, frio, calor y tos seca.
Y, además, también se advierte que vivir mata.
lunes, diciembre 05, 2011
Instrucciones para escribir un texto dadaísta.
Coja un periódico
Coja un periódico
Coja unas tijeras
Escoja en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema
Recorte el artículo
Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el articulo y métalas en una bolsa
Agítela suavemente
Ahora saque cada recorte uno tras otro
Copie concienzudamente
en el orden en que hayan salido de la bolsa
El poema se parecerá a usted
Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendido del vulgo.Escoja en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema
Recorte el artículo
Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el articulo y métalas en una bolsa
Agítela suavemente
Ahora saque cada recorte uno tras otro
Copie concienzudamente
en el orden en que hayan salido de la bolsa
El poema se parecerá a usted
miércoles, noviembre 30, 2011
Una extraña sensación.
Un hombre tiene la extraña sensación desde hace días de que su mujer no es quien dice ser. Le nota un comportamiento raro y la siente como diferente tal y como si no la reconociera.
Una noche, después de yacer juntos, en medio de la relajación post-coital decidió ponerla a prueba y la aborda con preguntas cuya respuesta tan solo sabría su verdadera mujer. Así, excusándose en una repentina melancolía, la interroga sobre el día en que se conocieron y encomendándose al supuesto interés mutuo por los pasajes de ese día en cuestión le pregunta sobre múltiples y banales detalles que tan solo podrían saber ellos.
Su mujer -o la mujer que está ahora con él en la cama y comparte su vida- demuestra acordarse de algunos de esos sucesos pero de otros no.
Y se acuerda del vestido que llevaba ella puesto y de donde fueron y de que película vieron y de algun.a de las cosas de que hablaron. Por contra, dice no recordar el color de la camisa que llevaba puesta él, ni del nombre del bar donde fueron después, ni de que tomaron, ni de alguna de las cosas de que hablaron. Detalles que su mujer verdadera debería saber, pero que una suplantadora preparada minuciosamente para aparentar ser su mujer podría desconocer.
A pesar de eso y amparándose en el habitual olvido en las que las parejas vierten gran parte de los múltiples detalles de su coexistencia bien pudiera ser que alguna de las circunstancias de aquel día hayan quedado borradas en la memoria de su verdadera mujer.
Pero, sin embargo, él seguirá sintiéndola como una extraña que se ha colado en su vida y que sabe casi todo lo que su auténtica mujer debiera saber y se desenvuelve casi como su verdadera mujer lo haría y se comporta y se expresa casi tal y como lo haría su mujer original.
Y tal vez lo sea, probablemente sea ella y todo esto no sea más que una deshabituación de hechos cotidianos inmiscuida en la percepción que tiene él sobre su compañera. Y es casi seguro que tan solo sea eso, pero la duda le corroe. Y dispuesto a averiguar con certeza si esa mujer es quien dice ser se dispone a llevar a cabo un plan consistente en pertrechar alguna acción en la que él esté seguro de como se comportaría su mujer ante esta.
Y entonces ella defiende una injusticia, se acobarda ante un miedo, procede con egoísmo o le perdona una infidelidad. Hechos que transcurren como él reconoce que su verdadera mujer los acometería.
Pero, al mismo tiempo, en otras acciones esa mujer que dice ser la suya obrará de distinta manera a la que se hubiera podido esperar de su auténtica mujer. Y así ella promueve un odio, actúa con filantropía ante un suceso ambiguo, afronta uno de sus miedos o actúa con promiscuidad por despecho. Comportamientos que una usurpadora de la identidad de su mujer no suficientemente informada podría llegar a ejecutar de ese modo.
En todo caso él achaca estos errores a la volubilidad de los seres humanos que a veces se comportan según sus habituales patrones y otras veces no. O sea que tanto en el caso de que esa fuera su verdadera mujer o una impostara vagamente adiestrada para sustituirla podría llegar a efectuar de forma casi contradictoria acciones de signo diametralmente opuesto entre sí.
Y, a pesar de eso, él sigue la extraña sensación de que esa mujer con quien comparte lecho, con quien habla cada día y con la que ha vivido un pasado común y mantiene expectativas reciprocas de futuro no es quien dice ser.
Para averiguarlo de forma definitiva preparará una especie de test conversacional que mediante unos ítems que él irá marcando mentalmente según los que exprese su mujer en el diálogo podrá comprobar fehacientemente la concordancia de los resultados con los que previamente prevé que ofrecería su verdadera mujer.
De esta forma, mientras la conversación transita por temáticas banales él puede constatar como su mujer se presenta como sincera, comedida, perspicaz, dubitativa, huraña, algo melancólica o dicharachera. Atributos que su natural mujer ostenta por antonomasia y que propondrían con certeza que se trata de ella, sino fuera porqué en el mismo diálogo también se la puede determinar como disoluta, amargada, bondadosa, cordial, lúgubre y ecuánime. Rasgos que en nada tienen que ver con la habitual concepción de su auténtica mujer y que hacen elevar su sospecha intrínseca de que no se trata de su verdadera mujer sino fuera por el hecho sabido de que, a veces, las personas no se muestran tal y como son e, incluso, pueden llegar a ser distintas a si mismas según las circunstancias.
Así es como ese hombre quedará sumido en la incerteza de no poder asegurar que la persona con quien está compartiendo la vida sea quien dice ser. Y tan solo puede especular que se haya inmiscuido en su existencia común la extraña sensación de no conocer en absoluto a una persona en cuanto más la va conociendo. Hecho que él atribuirá a la impredicibilidad misma del ser humano que fluctúa en su manera de ser y de expresarse y que recuerda u olvida cosas de su propia vida con total impunidad.
De esta forma, esa puede ser o no ser su auténtica mujer tanto como es o no es uno mismo cualquier persona del mundo. Y seguirá conviviendo con ella en esa extraña cotidianidad intentando que no los afecte esa percepción alterada que él siente por ella. Y a pesar de que, luego, una noche desnudos en la cama después de hacer el amor él constata con una vaga sorpresa que la marca de nacimiento en forma de pera que ella tenía en el omóplato izquierdo ha desaparecido.
Un hombre tiene la extraña sensación desde hace días de que su mujer no es quien dice ser. Le nota un comportamiento raro y la siente como diferente tal y como si no la reconociera.
Una noche, después de yacer juntos, en medio de la relajación post-coital decidió ponerla a prueba y la aborda con preguntas cuya respuesta tan solo sabría su verdadera mujer. Así, excusándose en una repentina melancolía, la interroga sobre el día en que se conocieron y encomendándose al supuesto interés mutuo por los pasajes de ese día en cuestión le pregunta sobre múltiples y banales detalles que tan solo podrían saber ellos.
Su mujer -o la mujer que está ahora con él en la cama y comparte su vida- demuestra acordarse de algunos de esos sucesos pero de otros no.
Y se acuerda del vestido que llevaba ella puesto y de donde fueron y de que película vieron y de algun.a de las cosas de que hablaron. Por contra, dice no recordar el color de la camisa que llevaba puesta él, ni del nombre del bar donde fueron después, ni de que tomaron, ni de alguna de las cosas de que hablaron. Detalles que su mujer verdadera debería saber, pero que una suplantadora preparada minuciosamente para aparentar ser su mujer podría desconocer.
A pesar de eso y amparándose en el habitual olvido en las que las parejas vierten gran parte de los múltiples detalles de su coexistencia bien pudiera ser que alguna de las circunstancias de aquel día hayan quedado borradas en la memoria de su verdadera mujer.
Pero, sin embargo, él seguirá sintiéndola como una extraña que se ha colado en su vida y que sabe casi todo lo que su auténtica mujer debiera saber y se desenvuelve casi como su verdadera mujer lo haría y se comporta y se expresa casi tal y como lo haría su mujer original.
Y tal vez lo sea, probablemente sea ella y todo esto no sea más que una deshabituación de hechos cotidianos inmiscuida en la percepción que tiene él sobre su compañera. Y es casi seguro que tan solo sea eso, pero la duda le corroe. Y dispuesto a averiguar con certeza si esa mujer es quien dice ser se dispone a llevar a cabo un plan consistente en pertrechar alguna acción en la que él esté seguro de como se comportaría su mujer ante esta.
Y entonces ella defiende una injusticia, se acobarda ante un miedo, procede con egoísmo o le perdona una infidelidad. Hechos que transcurren como él reconoce que su verdadera mujer los acometería.
Pero, al mismo tiempo, en otras acciones esa mujer que dice ser la suya obrará de distinta manera a la que se hubiera podido esperar de su auténtica mujer. Y así ella promueve un odio, actúa con filantropía ante un suceso ambiguo, afronta uno de sus miedos o actúa con promiscuidad por despecho. Comportamientos que una usurpadora de la identidad de su mujer no suficientemente informada podría llegar a ejecutar de ese modo.
En todo caso él achaca estos errores a la volubilidad de los seres humanos que a veces se comportan según sus habituales patrones y otras veces no. O sea que tanto en el caso de que esa fuera su verdadera mujer o una impostara vagamente adiestrada para sustituirla podría llegar a efectuar de forma casi contradictoria acciones de signo diametralmente opuesto entre sí.
Y, a pesar de eso, él sigue la extraña sensación de que esa mujer con quien comparte lecho, con quien habla cada día y con la que ha vivido un pasado común y mantiene expectativas reciprocas de futuro no es quien dice ser.
Para averiguarlo de forma definitiva preparará una especie de test conversacional que mediante unos ítems que él irá marcando mentalmente según los que exprese su mujer en el diálogo podrá comprobar fehacientemente la concordancia de los resultados con los que previamente prevé que ofrecería su verdadera mujer.
De esta forma, mientras la conversación transita por temáticas banales él puede constatar como su mujer se presenta como sincera, comedida, perspicaz, dubitativa, huraña, algo melancólica o dicharachera. Atributos que su natural mujer ostenta por antonomasia y que propondrían con certeza que se trata de ella, sino fuera porqué en el mismo diálogo también se la puede determinar como disoluta, amargada, bondadosa, cordial, lúgubre y ecuánime. Rasgos que en nada tienen que ver con la habitual concepción de su auténtica mujer y que hacen elevar su sospecha intrínseca de que no se trata de su verdadera mujer sino fuera por el hecho sabido de que, a veces, las personas no se muestran tal y como son e, incluso, pueden llegar a ser distintas a si mismas según las circunstancias.
Así es como ese hombre quedará sumido en la incerteza de no poder asegurar que la persona con quien está compartiendo la vida sea quien dice ser. Y tan solo puede especular que se haya inmiscuido en su existencia común la extraña sensación de no conocer en absoluto a una persona en cuanto más la va conociendo. Hecho que él atribuirá a la impredicibilidad misma del ser humano que fluctúa en su manera de ser y de expresarse y que recuerda u olvida cosas de su propia vida con total impunidad.
De esta forma, esa puede ser o no ser su auténtica mujer tanto como es o no es uno mismo cualquier persona del mundo. Y seguirá conviviendo con ella en esa extraña cotidianidad intentando que no los afecte esa percepción alterada que él siente por ella. Y a pesar de que, luego, una noche desnudos en la cama después de hacer el amor él constata con una vaga sorpresa que la marca de nacimiento en forma de pera que ella tenía en el omóplato izquierdo ha desaparecido.
Etiquetas:
Breve curso de incomunicación humana
viernes, noviembre 25, 2011
Emboscada de frío entre las sábanas.
La deliciosa cama preparada prolijamente para adecuarse al frío de una noche de invierno me espera con todos sus elementos formando una sucesión perfecta de capas dispuestas sobre el colchón a modo de: sábana bajera, sábana encimera, frazada y colcha. Una superposición estratégica que debidamente fijada a través de los bordes de dichas prendas sujetados entre el colchón y el somier forman un sistema sustentación calorífica inigualable.
Y así es como después de apagar la luz me dispongo a ubicarme en el aparente confort y estado de calidez que me promete para cruzar raudo la habitación en piyama deshaciéndome de las pantuflas con sendos movimientos sinusoidales de piernas e instaurarme en un único e inconmensurable gesto dentro de la cama.
Ahí constato no sin cierta estupefacción como bajo esa acumulación de capas térmicas que debieran conferirme una apacible temperatura me está esperando agazapada y latente una emboscada de frío.
Y a pesar de la sorpresa que siempre me pilla desprevenido en estos casos no dejaré de sentir una especie de gezellig recorriendo mi espina dorsal que devuelve a la memoria de mi piel todas aquellas veces que en mi pasado me he inmiscuido en noches frías de invierno dentro de camas donde me esperaba aun más frío del que pueda sentir afuera.
En cualquier caso, esta sensación durará apenas un rato en lo que tarde mi propio calor corporal en convertir en un microclima cálido el interior de esa cama. Para entonces uno empezar a quedar sumido en una cálida intimidad de reminiscencias casi intrauterinas sucumbiendo a la blandura del lecho, a la complicidad de la almohada hasta pronto quedar inmerso en un estado rayano a la felicidad.
Y, aunque el sueño no llegue de inmediato, uno se ve confortablemente envuelto en esa sucesión de pieles ancestrales que el desarrollo de la civilización humana ha ido concatenando secularmente. Y ahí es cuando uno se arropa a si mismo satisfecho de formar parte de la contemporaneidad del momento histórico y de la sublimación del estado del bienestar en concepto de menaje del hogar.
Lo que ocurre es que con el sutil movimiento de estirar la manta hasta cubrir levemente el mentón parece que la esta se ha descorrido de debajo del colchón y ahora las puntas de los pies está tan solo cubierta por el binomio sábana-colcha con la pertinente disminución térmica asociada al hecho. Así que uno intenta restituir la frazada a través de un movimiento de zarpa efectuado podológicamente que además de no lograr su objetivo hace deslizarse la sábana hacia el lado izquierdo de la cama dejándola convertida en un harapo inservible que ahora tan solo me cubre medio cuerpo.
Decido entonces recuperar medidas reconstituyentes del estado primigenio en la predisposición de las telas ladeando el cuerpo hacia la parte contraria en que ha quedado amontonada la sábana tirando de esta para intentar retomarla a su estado equitativo aunque sin conseguirlo finalmente y agravando más aun la situación al provocar con el movimiento del cuerpo la desestabilización de la colcha que ha ido a parar con gran vehemencia al frío suelo.
Al darme cuenta de ello procedo a alargar un brazo hacia donde preveo que haya podido caer la colcha provocando que del lado contrario ahora se desenganche una de las puntas subjetoras de la sabana bajera mientras sigo palpando en la oscuridad para intentar asir la colcha caída con escaso o ningún éxito.
De este modo, el estado actual de los respectivos tejidos viene a distribuirse en: la inasible colcha en el suelo, la sábana bajera corrida desde la parte de arriba a la izquierda del colchón dejándolo al descubierto, la amalgamada sábana amontonándose en espiral en el lado derecho de la cama y la insuficiente manta que llegado a este punto ya ha tomado una disposición rombal sobre el eje longitudinal de la cama dejando de este modo a la intemperie los hombros y parte del torso así como los pies hasta la altura del tobillo.
Todo ello en una masa informe de telas conglomeradas que hacen que uno vaya ya perdiendo la fe en ciertas evoluciones tecnológicas de la especie, en alguna de las leyes de la termodinámica, en la posibilidad de alcanzar alguna felicidad duradera por parte del individuo y en la esperanza de obtener esta noche cualquier conciliación de sueño de forma pronta.
La deliciosa cama preparada prolijamente para adecuarse al frío de una noche de invierno me espera con todos sus elementos formando una sucesión perfecta de capas dispuestas sobre el colchón a modo de: sábana bajera, sábana encimera, frazada y colcha. Una superposición estratégica que debidamente fijada a través de los bordes de dichas prendas sujetados entre el colchón y el somier forman un sistema sustentación calorífica inigualable.
Y así es como después de apagar la luz me dispongo a ubicarme en el aparente confort y estado de calidez que me promete para cruzar raudo la habitación en piyama deshaciéndome de las pantuflas con sendos movimientos sinusoidales de piernas e instaurarme en un único e inconmensurable gesto dentro de la cama.
Ahí constato no sin cierta estupefacción como bajo esa acumulación de capas térmicas que debieran conferirme una apacible temperatura me está esperando agazapada y latente una emboscada de frío.
Y a pesar de la sorpresa que siempre me pilla desprevenido en estos casos no dejaré de sentir una especie de gezellig recorriendo mi espina dorsal que devuelve a la memoria de mi piel todas aquellas veces que en mi pasado me he inmiscuido en noches frías de invierno dentro de camas donde me esperaba aun más frío del que pueda sentir afuera.
En cualquier caso, esta sensación durará apenas un rato en lo que tarde mi propio calor corporal en convertir en un microclima cálido el interior de esa cama. Para entonces uno empezar a quedar sumido en una cálida intimidad de reminiscencias casi intrauterinas sucumbiendo a la blandura del lecho, a la complicidad de la almohada hasta pronto quedar inmerso en un estado rayano a la felicidad.
Y, aunque el sueño no llegue de inmediato, uno se ve confortablemente envuelto en esa sucesión de pieles ancestrales que el desarrollo de la civilización humana ha ido concatenando secularmente. Y ahí es cuando uno se arropa a si mismo satisfecho de formar parte de la contemporaneidad del momento histórico y de la sublimación del estado del bienestar en concepto de menaje del hogar.
Lo que ocurre es que con el sutil movimiento de estirar la manta hasta cubrir levemente el mentón parece que la esta se ha descorrido de debajo del colchón y ahora las puntas de los pies está tan solo cubierta por el binomio sábana-colcha con la pertinente disminución térmica asociada al hecho. Así que uno intenta restituir la frazada a través de un movimiento de zarpa efectuado podológicamente que además de no lograr su objetivo hace deslizarse la sábana hacia el lado izquierdo de la cama dejándola convertida en un harapo inservible que ahora tan solo me cubre medio cuerpo.
Decido entonces recuperar medidas reconstituyentes del estado primigenio en la predisposición de las telas ladeando el cuerpo hacia la parte contraria en que ha quedado amontonada la sábana tirando de esta para intentar retomarla a su estado equitativo aunque sin conseguirlo finalmente y agravando más aun la situación al provocar con el movimiento del cuerpo la desestabilización de la colcha que ha ido a parar con gran vehemencia al frío suelo.
Al darme cuenta de ello procedo a alargar un brazo hacia donde preveo que haya podido caer la colcha provocando que del lado contrario ahora se desenganche una de las puntas subjetoras de la sabana bajera mientras sigo palpando en la oscuridad para intentar asir la colcha caída con escaso o ningún éxito.
De este modo, el estado actual de los respectivos tejidos viene a distribuirse en: la inasible colcha en el suelo, la sábana bajera corrida desde la parte de arriba a la izquierda del colchón dejándolo al descubierto, la amalgamada sábana amontonándose en espiral en el lado derecho de la cama y la insuficiente manta que llegado a este punto ya ha tomado una disposición rombal sobre el eje longitudinal de la cama dejando de este modo a la intemperie los hombros y parte del torso así como los pies hasta la altura del tobillo.
Todo ello en una masa informe de telas conglomeradas que hacen que uno vaya ya perdiendo la fe en ciertas evoluciones tecnológicas de la especie, en alguna de las leyes de la termodinámica, en la posibilidad de alcanzar alguna felicidad duradera por parte del individuo y en la esperanza de obtener esta noche cualquier conciliación de sueño de forma pronta.
jueves, noviembre 24, 2011
La mosca inmortal.
La otra tarde me vino a visitar la inmortal mosca de los siglos, la eterna mosca imperecedera que transita la historia de los hombres revoloteando a su alrededor y viéndolos a todos y cada uno de ellos morir y sobreviviéndolos.
Ya antes tuve constancia de anteriores visitas suyas en mi infancia y juventud y la volví a ver el mes pasado. La reconocí de inmediato por su zumbido inconfundible y su característico vuelo sinusoidal que la hacen reconocible entre cualquier otra mosca que vuela anodinamente y muere de forma vil en pocas horas, días o semanas.
No así la inquebrantable mosca que acompaña la humanidad desde tiempos inmemoriales posándose en la frente de los calvos, en la punta de la nariz de las más distinguidas señoras burguesas y que un día se paró en tu oreja.
Porque ella es la indestructible mosca que jamás pudiste atrapar o aplastar de un zapatazo ya que posee reflejos ultrasónicos y es capaz de anticiparse a cualquier ataque como si pudiera prever tus movimientos. Es la mosca precognitiva que aguarda impertérrita que tu mano se vaya acercando a ella lentamente, a veces, incluso, frotará sus patas displicente mientras te ignora y tan solo un milisegundo antes de que lances tu zarpazo definitivo se anticipará a ti huyendo con total impunidad.
Una mosca inexpugnable capaz de eludir cualquier sistema que haya sido ideado para atrapar insectos, que se muestra incólume ante cualquier paleta matamoscas y es inmune a los insecticidas. La mosca que jamás quedará aprisionada en el cristal de ninguna ventana y siempre encontrará escapatoria para salir batiendo sus alas de un sitio a otro -ubícuamente- en su resistencia atemporal.
La misma mosca que en sus peripecias aéreas una tarde de otoño inspiró a Descartes sus coordenadas cartesianas. La misma que se cuela en los platós de televisión para incordiar insistentemente a los presentadores de los noticieros. La que se detuvo un instante sobre la punta del bigote de Dalí mientras este pintaba. Aquella que estando posada sobre el mástil de la carabela de Colón divisó antes que nadie el Nuevo Mundo. Aquella que voló entre visigodos, la misma que surcó el cielo de Mesopotamia y que anduvo entre güelfos y guibelinos, entre montescos y capuletos, entre utus y tutsis.
Quizás la inmemorial mosca que posándose tan solo una vez cada cien años sobre una bola de acero del tamaño del planeta Tierra conseguiría, haciéndola desaparecer por fricción, inaugurar el principio de la eternidad.
La otra tarde me vino a visitar la inmortal mosca de los siglos, la eterna mosca imperecedera que transita la historia de los hombres revoloteando a su alrededor y viéndolos a todos y cada uno de ellos morir y sobreviviéndolos.
Ya antes tuve constancia de anteriores visitas suyas en mi infancia y juventud y la volví a ver el mes pasado. La reconocí de inmediato por su zumbido inconfundible y su característico vuelo sinusoidal que la hacen reconocible entre cualquier otra mosca que vuela anodinamente y muere de forma vil en pocas horas, días o semanas.
No así la inquebrantable mosca que acompaña la humanidad desde tiempos inmemoriales posándose en la frente de los calvos, en la punta de la nariz de las más distinguidas señoras burguesas y que un día se paró en tu oreja.
Porque ella es la indestructible mosca que jamás pudiste atrapar o aplastar de un zapatazo ya que posee reflejos ultrasónicos y es capaz de anticiparse a cualquier ataque como si pudiera prever tus movimientos. Es la mosca precognitiva que aguarda impertérrita que tu mano se vaya acercando a ella lentamente, a veces, incluso, frotará sus patas displicente mientras te ignora y tan solo un milisegundo antes de que lances tu zarpazo definitivo se anticipará a ti huyendo con total impunidad.
Una mosca inexpugnable capaz de eludir cualquier sistema que haya sido ideado para atrapar insectos, que se muestra incólume ante cualquier paleta matamoscas y es inmune a los insecticidas. La mosca que jamás quedará aprisionada en el cristal de ninguna ventana y siempre encontrará escapatoria para salir batiendo sus alas de un sitio a otro -ubícuamente- en su resistencia atemporal.
La misma mosca que en sus peripecias aéreas una tarde de otoño inspiró a Descartes sus coordenadas cartesianas. La misma que se cuela en los platós de televisión para incordiar insistentemente a los presentadores de los noticieros. La que se detuvo un instante sobre la punta del bigote de Dalí mientras este pintaba. Aquella que estando posada sobre el mástil de la carabela de Colón divisó antes que nadie el Nuevo Mundo. Aquella que voló entre visigodos, la misma que surcó el cielo de Mesopotamia y que anduvo entre güelfos y guibelinos, entre montescos y capuletos, entre utus y tutsis.
Quizás la inmemorial mosca que posándose tan solo una vez cada cien años sobre una bola de acero del tamaño del planeta Tierra conseguiría, haciéndola desaparecer por fricción, inaugurar el principio de la eternidad.
miércoles, noviembre 16, 2011
Matrioska oftalmológica.
Mírame a los ojos y obsérvate a ti misma siendo reflejada en ellos y reflejando al mismo tiempo en tus propios ojos mi rostro que te observa y de nuevo refleja tu cara en cuya mirada volveré a aparecer yo mirándote otra vez y reflejando de nuevo en mis pupilas tu faz expectante que recíprocamente reproducirá una vez más mi rostro en un juego indefinido de espejos en que vuelves a aparecer tu dentro de mi mirada conteniéndome de nuevo a mi dentro de la tuya y adentrándonos así un poco más cada uno en el interior del otro atrapados en esta sucesión infinita de imágenes de nosotros que nos dejan de este modo condenados a una infinitesimal cárcel de miradas.
Y, sin embargo, el infierno de tus ojos me parece un lugar justo en el que pasar toda la eternidad.
Mírame a los ojos y obsérvate a ti misma siendo reflejada en ellos y reflejando al mismo tiempo en tus propios ojos mi rostro que te observa y de nuevo refleja tu cara en cuya mirada volveré a aparecer yo mirándote otra vez y reflejando de nuevo en mis pupilas tu faz expectante que recíprocamente reproducirá una vez más mi rostro en un juego indefinido de espejos en que vuelves a aparecer tu dentro de mi mirada conteniéndome de nuevo a mi dentro de la tuya y adentrándonos así un poco más cada uno en el interior del otro atrapados en esta sucesión infinita de imágenes de nosotros que nos dejan de este modo condenados a una infinitesimal cárcel de miradas.
Y, sin embargo, el infierno de tus ojos me parece un lugar justo en el que pasar toda la eternidad.
viernes, noviembre 11, 2011
Breves biografías de la inmortalidad.
Quizás el mayor anhelo del ser humano desde tiempos inmemoriales haya sido siempre alcanzar la inmortalidad. El proceso irremediable por el que los cuerpos tienden a envejecer condena con el suficiente periodo temporal transcurrido a toda la humanidad a la muerte y desaparición. Muchas han sido las teorías por la que este mecanismo inalterable del ser humano haya de acontecer sin remedio y muchos han sido aquellos que han dedicado su vida entera a la búsqueda de algún paliativo que contrarrestara ese funesto destino.
Ya en algunos jeroglíficos egipcios se encontró lo que algunos de los más conspicuos egiptólogos interpretan como un pasaje en que se describe a un hombre poseedor de un talismán cuyo portador no ha de sucumbir al imperativo de la senescencia mientras se halle dicho objeto en su poder.
El talismán es una piedra en forma rombal que vuelve a aparecer de nuevo en jeroglíficos de posteriores dinastías entre las que transcurren miles de años. Y no obstante, el hombre que porta dicho talismán parece ser el mismo que es mostrado siempre como contemporáneo en cada uno de esos periodos.
Ese hombre aparece junto al símbolo shen que representaba la protección eterna y cerca del dios Osiris de la resurrección. Es por eso que muchos consideran que esta pueda ser la primera memoria gráfica que se conserve de alguien descrito como inmortal.
Siglos más tarde en Babilonia, en uno de los primeros poemas épicos de los que se tiene constancia, nos encontramos con la figura de Gilgamesh cuya leyenda narra la búsqueda por parte de este de una planta que concede la inmortalidad. En la epopeya, Gilgamesh no alcanza a disfrutar de los beneplácitos de dicho vegetal. Sin embargo, alguno de los más reputados heureísticos postula que, tal vez, su leyenda imposible fuera inspirada por un Rey que reinó durante varias centurias sin desfallecer en su aliento vital y que vio morir de viejos a los hijos de sus súbditos y también a los hijos de estos y así durante varias generaciones más.
Ya en la Grecia Clásica volvemos a encontrar la figura de un misterioso filósofo que convivió con los grandes sabios de la cultura helenística pero que apenas es nombrado más que en vagas referencias halladas en textos de otros filósofos. Y a pesar de que jamás dejó legado escrito algunos estudiosos de la época clásica se han atrevido a recomponer secuencias de su historia. Así en algunos pasajes se puede deducir que queda explicada su sabiduría a través de la propia longevidad de su existencia. Se dice de ese hombre sabía tanto por lo mucho que había vivido y la mucha gente que había conocido, entre ellos, al propio Homero, quien vivió varios siglos antes. Aunque había también quien incluso osaba hipotetizar que del mismo Homero autor de los grandes poemas épicos sobre seres inmortales se trataba.
Fuera o no el propio Homero a aquel hombre se le atribuía su basta persistencia en el tiempo al conocimiento de un árbol cuyos frutos conferían a aquel que llevara a cabo su ingesta el don de la inmortalidad. De este modo, puede que aquel hombre hubiera estado alimentándose de ese árbol de la vida eterna por largo tiempo y gracias al conocimiento alcanzado en el transcurso de los múltiples años que vivió pudo así adoctrinar de forma discreta a los conciudadanos que conformarían la Atenas clásica.
Posteriormente, ya al final de la Edad Media, en un pasaje considerado apócrifo de La Divina Comedia de Dante se nombra a un hombre cuyo destino es la eternidad, cuyo origen se remonta al principio de los tiempos y que mora en ausencia tanto en el infierno, como en el cielo, como en el purgatorio por obra de un elixir misterioso. Esa persona a la que se alude como imperecedera se la espera ya decididamente en el infierno según narra el susodicho pasaje por haber usurpado uno de los atributos exclusivos de Dios.
Fue con el descubrimiento del nuevo mundo cuando se multiplicaron las leyendas sobre lugares inhóspitos en el otro lado del océano donde sus nativos habían alcanzado a sobrevivir periodos de tiempo inconmensurables debido a efectos portentosos obtenidos de la flora o fauna local.
En uno de estos relatos se nombra la existencia de un hombre que vio aparecer y desaparecer imperios sin mutar apenas en su lozana constitución. Se cuenta de dicho humano prodigioso que era picado regularmente por una especie de araña muy rara cuyo veneno era en realidad un antídoto contra la muerte y le confería vigor perpetuo y la liberación de los efectos del paso del tiempo en su ser.
Y narra la leyenda que ese hombre se dedicó a vivir las más trepidantes aventuras a lo largo y ancho del continente. Conoció a los Mayas y a los Aztecas antes de que estos sucumbieran, cabalgó entre los indios que originariamente poblaron el norte de América y transitó desde la Tierra del Fuego hasta Alaska en varias ocasiones. Fue pirata, buscador de oro y tantas otras vidas más. Y siempre llevó en su equipaje una cajita con agujeros en la que guardaba las arañas que le insuflaban su poder inmortal.
Ya en el Siglo XIX se habla de un alquimista que logró alcanzar la fórmula exacta para preparar un brebaje contra la inevitable muerte. Este jamás llegó a difundirlo entre sus coetáneos usándolo tan solo para fines propios. De este modo, aquel alquimista negaba el merecimiento por parte de la especie humana de la consecución definitiva del poder de la inmortalidad. Una muestra de egoísmo e individualidad que a la vez también podía ser interpretada como un acto de caridad suprema al prever que si todo individuo poseyera la capacidad de vivir indefinidamente el mundo se convertiría en un lugar lúgubre habitado siempre por los mismos seres que a fuerza de transitar por los siglos y los milenios perderían las ganas de vivir deambulando por sociedades carentes del deseo de existencia.
No hace muchos años, en las postrimerías de este milenio el escritor Jorge Luís Borges reseñó la historia de un hombre que alcanzaba la inmortalidad bebiendo de las aguas de un río. Algunos de sus más íntimos allegados aseguran que ese relato fue inspirado por un tipo que acometió a Borges en uno de sus paseos vespertinos y que le contó una historia semejante con tanta profusión de detalles como si esta le hubiera sucedido a él mismo.
El carácter de maldición con que es tratada la posibilidad de que un hombre llegue a ser inmortal concuerda con el hastío y la penumbra con que aquel individuo que le confió la historia al gran maestro se desenvolvía por la vida. Aquel hombre, finalmente, le manifestó a Borges que había vuelto tan solo a América para conocer al gran escritor de relatos sobre la eternidad y poder contarle en persona aquella fantástica historia. Después se fue y nunca más se supo de él.
En la actualidad se rumorea la existencia de una corporación farmacéutica fantasma que ha alcanzado a producir unas cápsulas cuyo efecto es un cese absoluto del imperativo de la senescencia. Dicho medicamento está siendo producido de forma secreta y almacenado en lugares recónditos con alguna oscura finalidad. Cabe señalar asimismo que tan solo el magnate y dueño de dicha empresa es conocedor de la fórmula exacta con que se fabrica ese fármaco cuya elaboración es llevada a cabo en laboratorios ubicados en distintos lugares y continentes que se ignoran mutuamente. No hay ninguna copia de tal fórmula y tan solo existe en la memoria de dicho magnate, la muerte del cual acarrearía la perdida de tamaño descubrimiento. Pero esta muerte parece no llegar jamás.
De momento, pero ya no importa, porqué dicho magnate miente y la fórmula es falsa. Como irreal es el río en que se baña el protagonista del cuento borgeano, como inexistente fue la alquimia de aquel hombre decimonómico y como tampoco daba la vida eterna la araña por la que se hacía picar aquel aventurero americano, ni el elixir del hombre al que se espera en el infierno de Dante. Tal y como no ofrece la inmortalidad el fruto del árbol del que se nutría aquel filósofo griego, ni la planta de la leyenda de Gilgamesh. Todo eso no es más que literatura creada para confundir a los habitantes de los tiempos que se fueron sucediendo. Nada es verdad. Nada excepto el talismán. Cuyo portador, que vivía ya desde no se sabe cuando, al ver inscrita su memoria en los jeroglíficos egipcios comprendió que con la invención de la escritura podía delatarse su coartada de ausencia. Fue por eso que decidió usar aquella invención a su favor difundiendo historias entre los hombres que tergiversaran la memoria de su existencia a través de los tiempos.
Y de este modo fue él mismo quien imaginó y extendió entre sus coetáneos la existencia de un hombre llamado Gilgamesh que intentaba alcanzar la inmortalidad por medio de una planta de efectos portentosos, fue él quien difundió -a veces a modo de rumor entre la gente, otras contándole la historia directamente a algún escritor- la existencia de un árbol prodigioso, de un elixir milagroso, de una increíble araña, de una fabulosa alquimia, de un río mágico y ya en nuestro tiempo de una píldora maravillosa y que, en realidad, es inocua.
Todo falso excepto el talismán que ahora aun cuelga de mi cuello. Y yo soy ese misterioso magnate como fui filósofo, aventurero o alquimista. Y viví aún muchas más vidas portando siempre conmigo a escondidas el talismán que me confería la inmortalidad. Pero ahora ya es tarde y he vivido demasiado. Por eso revelo a la humanidad en esta historia mi don a modo de breve biografía. Y ahora me dispongo a destruir el talismán y, luego, disponerme a vivir una vejez en medio de los hombres que me lleve hasta la muerte. Y quiero hacerlo de forma anónima, tal y como siempre viví.
Quizás el mayor anhelo del ser humano desde tiempos inmemoriales haya sido siempre alcanzar la inmortalidad. El proceso irremediable por el que los cuerpos tienden a envejecer condena con el suficiente periodo temporal transcurrido a toda la humanidad a la muerte y desaparición. Muchas han sido las teorías por la que este mecanismo inalterable del ser humano haya de acontecer sin remedio y muchos han sido aquellos que han dedicado su vida entera a la búsqueda de algún paliativo que contrarrestara ese funesto destino.
Ya en algunos jeroglíficos egipcios se encontró lo que algunos de los más conspicuos egiptólogos interpretan como un pasaje en que se describe a un hombre poseedor de un talismán cuyo portador no ha de sucumbir al imperativo de la senescencia mientras se halle dicho objeto en su poder.
El talismán es una piedra en forma rombal que vuelve a aparecer de nuevo en jeroglíficos de posteriores dinastías entre las que transcurren miles de años. Y no obstante, el hombre que porta dicho talismán parece ser el mismo que es mostrado siempre como contemporáneo en cada uno de esos periodos.
Ese hombre aparece junto al símbolo shen que representaba la protección eterna y cerca del dios Osiris de la resurrección. Es por eso que muchos consideran que esta pueda ser la primera memoria gráfica que se conserve de alguien descrito como inmortal.
Siglos más tarde en Babilonia, en uno de los primeros poemas épicos de los que se tiene constancia, nos encontramos con la figura de Gilgamesh cuya leyenda narra la búsqueda por parte de este de una planta que concede la inmortalidad. En la epopeya, Gilgamesh no alcanza a disfrutar de los beneplácitos de dicho vegetal. Sin embargo, alguno de los más reputados heureísticos postula que, tal vez, su leyenda imposible fuera inspirada por un Rey que reinó durante varias centurias sin desfallecer en su aliento vital y que vio morir de viejos a los hijos de sus súbditos y también a los hijos de estos y así durante varias generaciones más.
Ya en la Grecia Clásica volvemos a encontrar la figura de un misterioso filósofo que convivió con los grandes sabios de la cultura helenística pero que apenas es nombrado más que en vagas referencias halladas en textos de otros filósofos. Y a pesar de que jamás dejó legado escrito algunos estudiosos de la época clásica se han atrevido a recomponer secuencias de su historia. Así en algunos pasajes se puede deducir que queda explicada su sabiduría a través de la propia longevidad de su existencia. Se dice de ese hombre sabía tanto por lo mucho que había vivido y la mucha gente que había conocido, entre ellos, al propio Homero, quien vivió varios siglos antes. Aunque había también quien incluso osaba hipotetizar que del mismo Homero autor de los grandes poemas épicos sobre seres inmortales se trataba.
Fuera o no el propio Homero a aquel hombre se le atribuía su basta persistencia en el tiempo al conocimiento de un árbol cuyos frutos conferían a aquel que llevara a cabo su ingesta el don de la inmortalidad. De este modo, puede que aquel hombre hubiera estado alimentándose de ese árbol de la vida eterna por largo tiempo y gracias al conocimiento alcanzado en el transcurso de los múltiples años que vivió pudo así adoctrinar de forma discreta a los conciudadanos que conformarían la Atenas clásica.
Posteriormente, ya al final de la Edad Media, en un pasaje considerado apócrifo de La Divina Comedia de Dante se nombra a un hombre cuyo destino es la eternidad, cuyo origen se remonta al principio de los tiempos y que mora en ausencia tanto en el infierno, como en el cielo, como en el purgatorio por obra de un elixir misterioso. Esa persona a la que se alude como imperecedera se la espera ya decididamente en el infierno según narra el susodicho pasaje por haber usurpado uno de los atributos exclusivos de Dios.
Fue con el descubrimiento del nuevo mundo cuando se multiplicaron las leyendas sobre lugares inhóspitos en el otro lado del océano donde sus nativos habían alcanzado a sobrevivir periodos de tiempo inconmensurables debido a efectos portentosos obtenidos de la flora o fauna local.
En uno de estos relatos se nombra la existencia de un hombre que vio aparecer y desaparecer imperios sin mutar apenas en su lozana constitución. Se cuenta de dicho humano prodigioso que era picado regularmente por una especie de araña muy rara cuyo veneno era en realidad un antídoto contra la muerte y le confería vigor perpetuo y la liberación de los efectos del paso del tiempo en su ser.
Y narra la leyenda que ese hombre se dedicó a vivir las más trepidantes aventuras a lo largo y ancho del continente. Conoció a los Mayas y a los Aztecas antes de que estos sucumbieran, cabalgó entre los indios que originariamente poblaron el norte de América y transitó desde la Tierra del Fuego hasta Alaska en varias ocasiones. Fue pirata, buscador de oro y tantas otras vidas más. Y siempre llevó en su equipaje una cajita con agujeros en la que guardaba las arañas que le insuflaban su poder inmortal.
Ya en el Siglo XIX se habla de un alquimista que logró alcanzar la fórmula exacta para preparar un brebaje contra la inevitable muerte. Este jamás llegó a difundirlo entre sus coetáneos usándolo tan solo para fines propios. De este modo, aquel alquimista negaba el merecimiento por parte de la especie humana de la consecución definitiva del poder de la inmortalidad. Una muestra de egoísmo e individualidad que a la vez también podía ser interpretada como un acto de caridad suprema al prever que si todo individuo poseyera la capacidad de vivir indefinidamente el mundo se convertiría en un lugar lúgubre habitado siempre por los mismos seres que a fuerza de transitar por los siglos y los milenios perderían las ganas de vivir deambulando por sociedades carentes del deseo de existencia.
No hace muchos años, en las postrimerías de este milenio el escritor Jorge Luís Borges reseñó la historia de un hombre que alcanzaba la inmortalidad bebiendo de las aguas de un río. Algunos de sus más íntimos allegados aseguran que ese relato fue inspirado por un tipo que acometió a Borges en uno de sus paseos vespertinos y que le contó una historia semejante con tanta profusión de detalles como si esta le hubiera sucedido a él mismo.
El carácter de maldición con que es tratada la posibilidad de que un hombre llegue a ser inmortal concuerda con el hastío y la penumbra con que aquel individuo que le confió la historia al gran maestro se desenvolvía por la vida. Aquel hombre, finalmente, le manifestó a Borges que había vuelto tan solo a América para conocer al gran escritor de relatos sobre la eternidad y poder contarle en persona aquella fantástica historia. Después se fue y nunca más se supo de él.
En la actualidad se rumorea la existencia de una corporación farmacéutica fantasma que ha alcanzado a producir unas cápsulas cuyo efecto es un cese absoluto del imperativo de la senescencia. Dicho medicamento está siendo producido de forma secreta y almacenado en lugares recónditos con alguna oscura finalidad. Cabe señalar asimismo que tan solo el magnate y dueño de dicha empresa es conocedor de la fórmula exacta con que se fabrica ese fármaco cuya elaboración es llevada a cabo en laboratorios ubicados en distintos lugares y continentes que se ignoran mutuamente. No hay ninguna copia de tal fórmula y tan solo existe en la memoria de dicho magnate, la muerte del cual acarrearía la perdida de tamaño descubrimiento. Pero esta muerte parece no llegar jamás.
De momento, pero ya no importa, porqué dicho magnate miente y la fórmula es falsa. Como irreal es el río en que se baña el protagonista del cuento borgeano, como inexistente fue la alquimia de aquel hombre decimonómico y como tampoco daba la vida eterna la araña por la que se hacía picar aquel aventurero americano, ni el elixir del hombre al que se espera en el infierno de Dante. Tal y como no ofrece la inmortalidad el fruto del árbol del que se nutría aquel filósofo griego, ni la planta de la leyenda de Gilgamesh. Todo eso no es más que literatura creada para confundir a los habitantes de los tiempos que se fueron sucediendo. Nada es verdad. Nada excepto el talismán. Cuyo portador, que vivía ya desde no se sabe cuando, al ver inscrita su memoria en los jeroglíficos egipcios comprendió que con la invención de la escritura podía delatarse su coartada de ausencia. Fue por eso que decidió usar aquella invención a su favor difundiendo historias entre los hombres que tergiversaran la memoria de su existencia a través de los tiempos.
Y de este modo fue él mismo quien imaginó y extendió entre sus coetáneos la existencia de un hombre llamado Gilgamesh que intentaba alcanzar la inmortalidad por medio de una planta de efectos portentosos, fue él quien difundió -a veces a modo de rumor entre la gente, otras contándole la historia directamente a algún escritor- la existencia de un árbol prodigioso, de un elixir milagroso, de una increíble araña, de una fabulosa alquimia, de un río mágico y ya en nuestro tiempo de una píldora maravillosa y que, en realidad, es inocua.
Todo falso excepto el talismán que ahora aun cuelga de mi cuello. Y yo soy ese misterioso magnate como fui filósofo, aventurero o alquimista. Y viví aún muchas más vidas portando siempre conmigo a escondidas el talismán que me confería la inmortalidad. Pero ahora ya es tarde y he vivido demasiado. Por eso revelo a la humanidad en esta historia mi don a modo de breve biografía. Y ahora me dispongo a destruir el talismán y, luego, disponerme a vivir una vejez en medio de los hombres que me lleve hasta la muerte. Y quiero hacerlo de forma anónima, tal y como siempre viví.
Etiquetas:
Historia tergiversada de la humanidad.
jueves, noviembre 03, 2011
Dialelo para un día de lluvia.
Si esta tarde llueve, entonces, me quedaré en casa. Si me quedo en casa, entonces, miraré la tele. Si me quedo en casa y miro la tele, entonces, me aburriré. Si me quedo en casa y miro la tele y me aburro, entonces, me pondré nostálgico. Así que si me quedo en casa y miro la tele y me aburro y me pongo nostálgico, entonces, pensaré en ti. Por lo que si me quedo en casa y miro la tele y me aburro y me pongo nostálgico y pienso en ti, entonces, estaré triste. Y, entonces, si he de estar triste esta tarde lloverá.
Si esta tarde llueve, entonces, me quedaré en casa. Si me quedo en casa, entonces, miraré la tele. Si me quedo en casa y miro la tele, entonces, me aburriré. Si me quedo en casa y miro la tele y me aburro, entonces, me pondré nostálgico. Así que si me quedo en casa y miro la tele y me aburro y me pongo nostálgico, entonces, pensaré en ti. Por lo que si me quedo en casa y miro la tele y me aburro y me pongo nostálgico y pienso en ti, entonces, estaré triste. Y, entonces, si he de estar triste esta tarde lloverá.
martes, noviembre 01, 2011
Del capítulo 93 de Rayuela
"Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto."
Cortazar
viernes, octubre 28, 2011
Instrucciones para abrir un paraguas en un día de lluvia.
Del cielo caen millones de gotas de lluvia y no es culpa tuya. Y, sin embargo, en algún momento habrás de guarecerte de estas si sales a la intemperie. Y aunque es sabido y por muchos constatado que cuando llueve uno siempre debería quedarse a contemplar dicho fenómeno desde detrás del cristal de la ventana de su casa, no es menos cierto que el mundo es injusto y la vida no siempre es ideal.
A si que a veces uno deberá hacer uso de ese ancestral artilugio que acompaña al hombre desde hace ya mucho y que, a excepción de esos pequeños paraguas retráctiles que se abren pulsando un botón, a penas a sufrido modificaciones substanciales en el transcurso del tiempo dada su cuasi perfección intrínseca para el uso que se le ha de dar.
Y a pesar de eso habrá que tener en cuenta que las posibilidades parapetatorias y antihumectantes de dicho artefacto tan solo serán habilitadas después de ejecutar el mecanismo de apertura correspondiente. Por lo que un paraguas cerrado es un objeto inútil e inerte que nada puede hacer contra la inmensidad de un cielo abigarrado de húmedas gotas que caen horripilantemente sobre las cabezas de la gente deshaciendo la permanente de la señora que acaba de salir de la peluquería, empapando jerséis y mojando contumazmente el peluquín de aquel tan digno señor.
Por lo que contra tanta penalidad y hecatombe no habrá otro remedio que articular el mecanismo de apertura del paraguas para prevención de desgracias y antídoto contra aguaceros. Y es entonces cuando uno deberá sujetar el ingrato artilugio por la empuñadura con una mano y, si-es-uno-de-esos-paraguas-modernos-de-apertura-automática, presionar el botón con el dedo pulgar y hacer ¡clic!
Del cielo caen millones de gotas de lluvia y no es culpa tuya. Y, sin embargo, en algún momento habrás de guarecerte de estas si sales a la intemperie. Y aunque es sabido y por muchos constatado que cuando llueve uno siempre debería quedarse a contemplar dicho fenómeno desde detrás del cristal de la ventana de su casa, no es menos cierto que el mundo es injusto y la vida no siempre es ideal.
A si que a veces uno deberá hacer uso de ese ancestral artilugio que acompaña al hombre desde hace ya mucho y que, a excepción de esos pequeños paraguas retráctiles que se abren pulsando un botón, a penas a sufrido modificaciones substanciales en el transcurso del tiempo dada su cuasi perfección intrínseca para el uso que se le ha de dar.
Y a pesar de eso habrá que tener en cuenta que las posibilidades parapetatorias y antihumectantes de dicho artefacto tan solo serán habilitadas después de ejecutar el mecanismo de apertura correspondiente. Por lo que un paraguas cerrado es un objeto inútil e inerte que nada puede hacer contra la inmensidad de un cielo abigarrado de húmedas gotas que caen horripilantemente sobre las cabezas de la gente deshaciendo la permanente de la señora que acaba de salir de la peluquería, empapando jerséis y mojando contumazmente el peluquín de aquel tan digno señor.
Por lo que contra tanta penalidad y hecatombe no habrá otro remedio que articular el mecanismo de apertura del paraguas para prevención de desgracias y antídoto contra aguaceros. Y es entonces cuando uno deberá sujetar el ingrato artilugio por la empuñadura con una mano y, si-es-uno-de-esos-paraguas-modernos-de-apertura-automática, presionar el botón con el dedo pulgar y hacer ¡clic!
lunes, octubre 24, 2011
La luna menguante.
La luna está menguante en el cielo nocturno a través del cristal. Luna de los enamorados, luna de Corintio, luna de Petrarca que inspiró a los poetas y alumbró a los amantes perdidos en noches de pasión.
Y mienten los documentales cuando narran como te formaste a través de la colisión de un meteorito contra el planeta Tierra, Diosa Selene. Porqué tu has de ser siempre el perpetuo símbolo del amor en la noche, el trémulo reflejo de ti misma en los arroyos de antaño a los que se asomó también Narciso a observar su rostro y morir ahogado en él. Porqué tu serás siempre la luna que hechiza a los hombres y los transmuta en bestias y jamás aquella que pisó aquel astronauta dejando la cicatriz de su huella en tu faz para siempre.
Serás aquella que jamás muestra su cara oculta y guarda secretos. Serás la luna cosmicómica que se acercó tanto a la Tierra que se podía llegar a ella subiendo por una escalera y no esa luna despechada que se aleja de nosotros a razón de cuatro centímetros al año.
Porqué tu has de ser siempre la luna que persigue a los caminantes a través de su reflejo en el mar por toda la orilla y no el geómetrico paralaje de nuestra visión con respecto al horizonte. Serás la luna gibosa que en noches nubladas cumple los deseos de aquellos que la invocan y no el quinto satélite más grande del sistema solar. Serás la que define el tiempo de los hombres y rige las mareas sin saber absolutamente nada de fuerzas gravitatorias o calendarios lunares. La luna de los lunáticos a cuyo influjo sucumben los suicidas y no aquella que da vueltas a la Tierra esclava de fuerzas centrífugas.
La luna de Julio Verne, de Wells y de Philip K. Dick y no la de Neil Armstrong. La luna de los profetas y no la de los astrónomos. La de los astrólogos y no la de los cosmólogos.
La luna mitológica que produce catástrofes con sus eclipses y no esa taimada luna que describe su movimiento de traslación bajo las leyes de kepler y cuyos eclipses son predichos con milenios de antelación. La luna de los poetas y los mitómanos que resplandecía en el primer círculo concéntrico del cosmos y no la que Copérnico o Galileo acecharon con sus horribles telescopios. La luna de los amantes y no el pérfido cuerpo celestial que rota sobre si mismo y oscila alrededor de la Tierra. Tan solo la enamorada luna particular y única que poseen los amantes en medio de la noche.
La luna está menguante en el cielo nocturno a través del cristal. Luna de los enamorados, luna de Corintio, luna de Petrarca que inspiró a los poetas y alumbró a los amantes perdidos en noches de pasión.
Y mienten los documentales cuando narran como te formaste a través de la colisión de un meteorito contra el planeta Tierra, Diosa Selene. Porqué tu has de ser siempre el perpetuo símbolo del amor en la noche, el trémulo reflejo de ti misma en los arroyos de antaño a los que se asomó también Narciso a observar su rostro y morir ahogado en él. Porqué tu serás siempre la luna que hechiza a los hombres y los transmuta en bestias y jamás aquella que pisó aquel astronauta dejando la cicatriz de su huella en tu faz para siempre.
Serás aquella que jamás muestra su cara oculta y guarda secretos. Serás la luna cosmicómica que se acercó tanto a la Tierra que se podía llegar a ella subiendo por una escalera y no esa luna despechada que se aleja de nosotros a razón de cuatro centímetros al año.
Porqué tu has de ser siempre la luna que persigue a los caminantes a través de su reflejo en el mar por toda la orilla y no el geómetrico paralaje de nuestra visión con respecto al horizonte. Serás la luna gibosa que en noches nubladas cumple los deseos de aquellos que la invocan y no el quinto satélite más grande del sistema solar. Serás la que define el tiempo de los hombres y rige las mareas sin saber absolutamente nada de fuerzas gravitatorias o calendarios lunares. La luna de los lunáticos a cuyo influjo sucumben los suicidas y no aquella que da vueltas a la Tierra esclava de fuerzas centrífugas.
La luna de Julio Verne, de Wells y de Philip K. Dick y no la de Neil Armstrong. La luna de los profetas y no la de los astrónomos. La de los astrólogos y no la de los cosmólogos.
La luna mitológica que produce catástrofes con sus eclipses y no esa taimada luna que describe su movimiento de traslación bajo las leyes de kepler y cuyos eclipses son predichos con milenios de antelación. La luna de los poetas y los mitómanos que resplandecía en el primer círculo concéntrico del cosmos y no la que Copérnico o Galileo acecharon con sus horribles telescopios. La luna de los amantes y no el pérfido cuerpo celestial que rota sobre si mismo y oscila alrededor de la Tierra. Tan solo la enamorada luna particular y única que poseen los amantes en medio de la noche.
martes, octubre 18, 2011
Jugando al azar de las esquinas dobladas.
Ahí se separaron y, luego, jugaron al azar de las esquinas dobladas. A la casi infinita bifurcación del mundo en esquinas que desarticulan la ciencia exacta de los encuentros por probabilística o fluctuación del devenir propio y ajeno.
Y quedan así expuestos a una casualidad cósmica vinculada a los paseos nocturnos que suceden en ciudades distintas. A pesar de que todas las ciudades del mundo son, a veces, la misma ciudad.
Y mientras uno decide seguir recto por la calla que recorre, ella está al mismo tiempo tomando una bocacalle hacia la derecha que le hará ejecutar un mutis por el foro que él ya no alcanzará a ver. Asimismo, en cuanto ella gire hacia la esquina, él acaba de tomar en un ángulo bisectriz una avenida que le hará ir en el opuesto sentido cardinal a donde se encuentra ella. Y se acercan y se alejan entre ellos a través del laberinto errático de aceras tomadas al azar en medio de la noche sin tener muy claro a donde quieren ir.
Qué más da. Jugando al azar de las esquinas dobladas el destino juega siempre a favor y en contra de uno mismo. Y saben los dos que cualquier dirección puede llevarles al encuentro casual -si es que este se da- y, al mismo tiempo, saben que quedarse donde uno esté no es más que el movimiento estático de una vaga esperanza.
Y así deambulan nocturnos en pos de la profecía de saberse en la búsqueda contínua de su propio hallazgo. Saliendo ella de una plaza cualquiera, tomando él una callejuela estrecha, cruzándose los dos en la misma esquina sin verse por apenas unos pocos segundos. Presintiéndose en cada cruce y halládose ambos al unísono en el reencuentro final donde todas las esquinas convergen en un único centro de vértigo y caos en el que se alcanzan y entrelazan todas las direcciones del mundo. Y donde la suma de todos los números de todas la puertas de todas las calles da sentido al encuentro. Si es que este se da.
lunes, octubre 17, 2011
Te odio.
Te odio de todo corazón. Mi odio por ti es profundo y sincero y he de odiarte el resto de mi vida y por siempre jamás.
Te odio tanto que apenas puedo expresarlo con palabras. Te odio con todas mis fuerzas y todo mi ser. Es un odio total e inquebrantable, un odio indestructible que lo abarca todo y no ha de terminar. Y cuando acabe el mundo, ahí seguiré yo odiandote.
Porqué te odio a cada segundo y a cada minuto y te odio desde siempre, desde antes incluso de conocerte. Te odio a todas horas y cada día que pasa te odio un poco más. Y te odio tanto que no se puede odiar más a una persona. Y te odiaré año tras añodurante el resto de mi vida y por los siglos de los siglos te odiaré. Y mi odio será eterno e infinito y será un odio tan inmenso y absoluto que en el fondo un poquito te querré.
Te odio de todo corazón. Mi odio por ti es profundo y sincero y he de odiarte el resto de mi vida y por siempre jamás.
Te odio tanto que apenas puedo expresarlo con palabras. Te odio con todas mis fuerzas y todo mi ser. Es un odio total e inquebrantable, un odio indestructible que lo abarca todo y no ha de terminar. Y cuando acabe el mundo, ahí seguiré yo odiandote.
Porqué te odio a cada segundo y a cada minuto y te odio desde siempre, desde antes incluso de conocerte. Te odio a todas horas y cada día que pasa te odio un poco más. Y te odio tanto que no se puede odiar más a una persona. Y te odiaré año tras añodurante el resto de mi vida y por los siglos de los siglos te odiaré. Y mi odio será eterno e infinito y será un odio tan inmenso y absoluto que en el fondo un poquito te querré.
sábado, octubre 15, 2011
Odiantes.
Hace tanto que se odian que ya no notan la diferencia entre ese sentimiento que se profesan y el amor. Como no la notan tampoco la padecen y siguen viviendo su vida sin percatarse de que todo a transmutado a través de la senescencia de lo cotidiano hasta convertir la complicidad en alta traición, la confianza en incomodidad, la compañía mutua en hartazgo del uno hacia el otro. Y se apoyan en coreografías como el sexo o los protocolarios besos, el la consuetudinaria salida al cine los miércoles o la cena en el restaurante los sábados noche. Quizá la pantomima del apelativo cariñoso carcomido por el tiempo y las caricias a deshora como un extraño ritual que pierde su sentido ontológico y queda tan solo como folclore.
Hace tanto tiempo que se miran a los ojos sin ver nada. Tan solo ese vacío oculto detrás de las pupilas antes amadas que ahora son contenedor cáustico de todos los defectos del otro acumulados en la memoria a lo largo de la convivencia común. La melancolía de haber formado algún día una simbiosis común de la que ahora tan solo queda el cochambroso reducto del plural mayéutico de un nosotros muerto: la grabación conjunta de sus voces en el mensaje del contestador, los objetos mutuamente regalados por el otro en el día de sus respectivos cumpleaños, los hipotéticos nombre que hubieran puesto a sus hijos que ahora saben que ya nunca tendrán cuando se dan cuenta que no tan solo se ha tergiversado su pasado común sino también cualquier expectativa de futuro que hayan podido albergar.
Y tan solo les queda este presente amargo que dilata las horas y les cubre de silencio o de palabras que suenan vacias y también de otras que resuenan en sus mentes pero prefieren callar. Porque ni siquiera comparten el odio que les une, egocentricamente sumidos cada uno por separado en la amargura de aguantar al otro.
Y planean un viaje juntos y comentan que podrían comprarse un perro y le buscan nombres.
Se saben tan distantes ya que nada les importa. Se oyen desde lejos, se miran en direcciones opuestas, se tocan como alejandose el uno del otro y nada les incumbe. Todo sucede porqué ha sucedido ya y puede que siga sucediendo pero nada de ello les concierne. Los hechos los hechos cotidianos del día a día transcurren en ellos sin immutarles lo más mínimo.
Tan solo el odio respectivo que les une les atañe.
Y uno odia la forma en que el otro mueve las manos al hablar y el otro odia la manera en que pronuncia el otro tal palabra.
Se odian tanto y desde hace tanto que casi parece que se quieran. Y como ya no sienten casi la diferencia entre el odio y el amor no la padecen. También porque pueda ser que no la haya. Son víctima de la polarización de dos signo sopuestos de un mismo sentimiento. Y seguirán juntos mientras esten enamorados el uno del otro odiándose recíprocamente.
Hace tanto que se odian que ya no notan la diferencia entre ese sentimiento que se profesan y el amor. Como no la notan tampoco la padecen y siguen viviendo su vida sin percatarse de que todo a transmutado a través de la senescencia de lo cotidiano hasta convertir la complicidad en alta traición, la confianza en incomodidad, la compañía mutua en hartazgo del uno hacia el otro. Y se apoyan en coreografías como el sexo o los protocolarios besos, el la consuetudinaria salida al cine los miércoles o la cena en el restaurante los sábados noche. Quizá la pantomima del apelativo cariñoso carcomido por el tiempo y las caricias a deshora como un extraño ritual que pierde su sentido ontológico y queda tan solo como folclore.
Hace tanto tiempo que se miran a los ojos sin ver nada. Tan solo ese vacío oculto detrás de las pupilas antes amadas que ahora son contenedor cáustico de todos los defectos del otro acumulados en la memoria a lo largo de la convivencia común. La melancolía de haber formado algún día una simbiosis común de la que ahora tan solo queda el cochambroso reducto del plural mayéutico de un nosotros muerto: la grabación conjunta de sus voces en el mensaje del contestador, los objetos mutuamente regalados por el otro en el día de sus respectivos cumpleaños, los hipotéticos nombre que hubieran puesto a sus hijos que ahora saben que ya nunca tendrán cuando se dan cuenta que no tan solo se ha tergiversado su pasado común sino también cualquier expectativa de futuro que hayan podido albergar.
Y tan solo les queda este presente amargo que dilata las horas y les cubre de silencio o de palabras que suenan vacias y también de otras que resuenan en sus mentes pero prefieren callar. Porque ni siquiera comparten el odio que les une, egocentricamente sumidos cada uno por separado en la amargura de aguantar al otro.
Y planean un viaje juntos y comentan que podrían comprarse un perro y le buscan nombres.
Se saben tan distantes ya que nada les importa. Se oyen desde lejos, se miran en direcciones opuestas, se tocan como alejandose el uno del otro y nada les incumbe. Todo sucede porqué ha sucedido ya y puede que siga sucediendo pero nada de ello les concierne. Los hechos los hechos cotidianos del día a día transcurren en ellos sin immutarles lo más mínimo.
Tan solo el odio respectivo que les une les atañe.
Y uno odia la forma en que el otro mueve las manos al hablar y el otro odia la manera en que pronuncia el otro tal palabra.
Se odian tanto y desde hace tanto que casi parece que se quieran. Y como ya no sienten casi la diferencia entre el odio y el amor no la padecen. También porque pueda ser que no la haya. Son víctima de la polarización de dos signo sopuestos de un mismo sentimiento. Y seguirán juntos mientras esten enamorados el uno del otro odiándose recíprocamente.
lunes, septiembre 26, 2011
El universo en la punta de la nariz.
El grano de arena más insignificante del desierto eclipsó el Sol. Y la más lejana estrella de la galaxia quedó mansamente posada sobre la palma de tu mano. El día del Bigbang era pasado mañana y El Fin de los Tiempos sucedió anteayer.
Los átomos contenían dentro universos y más allá del infinito volvías a estar tu, enorme e ínfimo al unísono, efímero e inmenso, capaz de contener cualquier cosa en tu interior y siendo contenido por todo a la vez. Tan eterno como el aleteo de una mosca y tan fugaz como la vida de una estrella. Absoluto y vacío, omnisciente e idiota, observador imparcial de una realidad neutra donde los caracoles adelantan a los aviones en el paralaje de tus ojos, donde las montañas deambulan a la deriba y una gota de lluvia queda prendida para siempre de una alcayata de cielo.
Y los dinosaurios viajan a la Luna y los agujeros negros son fenómenos microscópicos creados por el hombre en un laboratorio. Y pasa un neutrino y eclipsa el mar.
El grano de arena más insignificante del desierto eclipsó el Sol. Y la más lejana estrella de la galaxia quedó mansamente posada sobre la palma de tu mano. El día del Bigbang era pasado mañana y El Fin de los Tiempos sucedió anteayer.
Los átomos contenían dentro universos y más allá del infinito volvías a estar tu, enorme e ínfimo al unísono, efímero e inmenso, capaz de contener cualquier cosa en tu interior y siendo contenido por todo a la vez. Tan eterno como el aleteo de una mosca y tan fugaz como la vida de una estrella. Absoluto y vacío, omnisciente e idiota, observador imparcial de una realidad neutra donde los caracoles adelantan a los aviones en el paralaje de tus ojos, donde las montañas deambulan a la deriba y una gota de lluvia queda prendida para siempre de una alcayata de cielo.
Y los dinosaurios viajan a la Luna y los agujeros negros son fenómenos microscópicos creados por el hombre en un laboratorio. Y pasa un neutrino y eclipsa el mar.
lunes, septiembre 19, 2011
sábado, septiembre 03, 2011
Gratis.
Ni se me puede comprar, ni estoy en venta. Soy como una enfermedad: solo puedes padecerme.
Y entonces sabrás lo que sienten los desamparados, aquellos que ya han perdido la esperanza de un futuro mejor. Que se diferencian de aquellos que aun no la han perdido pero que algún día la han de perder.
Ni me dejo engañar, ni me engaño. Simplemente acontezco a través de los días en el planeta que habito, en el mundo que nos ha tocado vivir -a sabiendas- que mi vida debería ser otra. Y tu me miras desde la distancia pasar -como pasa un instante fugaz- sin alterar el devenir de las cosas, sin cambiarte la vida. Pero, cuidado, porqué que todo siga igual, que nada cambie y que todo permanezca interperrito es un suceso que atenta contra las más básicas leyes del universo.
Mírame. Ni me quieras nunca, ni dejes de amarme jamás. Soy gratis como el aire que respiras. E impregno todo a pesar de mi supuesta invisivilidad. Me inoculo a tí hasta formar parte de tu respiración. Y me inspiras y expiras. Y te subterfugio.
Ni se me puede comprar, ni estoy en venta. Soy como una enfermedad: solo puedes padecerme.
Y entonces sabrás lo que sienten los desamparados, aquellos que ya han perdido la esperanza de un futuro mejor. Que se diferencian de aquellos que aun no la han perdido pero que algún día la han de perder.
Ni me dejo engañar, ni me engaño. Simplemente acontezco a través de los días en el planeta que habito, en el mundo que nos ha tocado vivir -a sabiendas- que mi vida debería ser otra. Y tu me miras desde la distancia pasar -como pasa un instante fugaz- sin alterar el devenir de las cosas, sin cambiarte la vida. Pero, cuidado, porqué que todo siga igual, que nada cambie y que todo permanezca interperrito es un suceso que atenta contra las más básicas leyes del universo.
Mírame. Ni me quieras nunca, ni dejes de amarme jamás. Soy gratis como el aire que respiras. E impregno todo a pesar de mi supuesta invisivilidad. Me inoculo a tí hasta formar parte de tu respiración. Y me inspiras y expiras. Y te subterfugio.
Etiquetas:
Contraindicaciones de mi personalidad
domingo, junio 19, 2011
Vindicación de las colas.
Una de las disposiciones más emblemáticas del ser humano es la de estar haciendo cola. Es a través de ese mecanismo de distribución en el espacio que el hombre se instala en esa mansa espera que le define como tal. Su inacción a la hora de avanzar estará creando la inercia misma del avance del tiempo hacia él. Su casi estática ubicacionalidad en la cola le confiere de por sí la seguridad de que todo fluye en una dirección concreta que se presta por sí misma a la consecución del objetivo final en cada caso.
Así, se puede hacer cola por muy diversas razones: desde comprar una entrada para un evento hasta esperar tu turno en la panadería. Y, a veces, incluso, podemos estar inmersos en colas que ni sospechamos o preferimos ignorar. Como guardar cola para que llegue la hora de nuestra muerte ¿Cual es el número que nos toca y al que con tanta voluntad nos aferramos a pesar nuestro? O tal vez también haya una cola para que nos entre el sueño cada noche o una cola para alcanzar la fama y otra para quedar de nuevo sumidos en el olvido. Está la cola de la cama de la persona amada y está la cola para la operación de vesícula. Con lo que hay colas en las que uno quiere ser el primero y otras el último aunque no esté muy claro cual preferir en cada caso.
Lo fundamental es estar insertados en ese ser vivo fluctuante que avanza a través de elongaciones y contracciones arrastrandose a través de los minutos o las horas con sus múltiples pies que recorren las aceras o los pasillos mientras respira acompasadamente con todos sus numerosos pulmones sabiendose vivo mientras haya un motivo para la dilación expectante de su ciclo vital.
Porqué un mundo sin colas sería un lugar donde toda persona se creería con derecho a ser atendido de inmediato y querría obtener todo con prontitud sin tener que pasar por esa espera que acrecenta el deseo de alcanzar aquello por lo que uno aguarda. Sería un mundo de resoluciones súbitas con logros alcanzados de forma tan repentina que resultarían ingratos al añadirsele a la propia fugacidad del placer obtenido el agravio de la inexistente espera previa. Que tantas veces es la que confiere un cierto anhelo de eternidad a la efímera dicha posterior.
Porque hay en la cola un significado de intérvalo, un sentido de destino que tal vez en apariencia solo nos conduzca a conseguir dos croissants y un pan de chapata pero que en el fondo lleva implicita la esperanza de que haya algo por lo que merezca esperar. Por lo que valga la pena estar inmerso en este engranaje ordenado de personas en el que hay un principio y un final y en el que salvo eccepciones desonrosas se respeta un turno y cada individuo que lo integra es poseedor de un número ordinal que le permite adelantar posiciones al unísono que los demás y trasladarse de modo igual que se desplazan las hormigas.
Pero una vez hubo una cola infinita que no tenía ni principio ni final. Y la gente la integraba creyendose de los primeros o de los últimos cuando en realidad todos permanecían en un punto indeterminado en medio de esa inmensa hilera que recorría las calles y también los prados, que reseguía las veras de los ríos y cruzaba las montañas e iba de un lado a otro entrando en edificios, subiendo y bajando escaleras, rodeando manzanas y recorriendo cunetas a través de las carreteras hasta perderse más allá del horizonte.
La gente que conformaba dicha cola ni tan siquiera sabía la dirección en la que se desplazaba y había arduas discusiones entre sus integrantes por ver si la persona de al lado iba delante o detrás de uno. De esta forma unos miraban hacia una dirección, con la intención de que la cola avanzara en ese sentido, y otros dirigían a la vez sus miradas hacia el opuesto punto cardinal. Daba igual. Tampoco la cola avanzaba en realidad sino que su movimiento era un mero efecto óptico y, en verdad, ni tan siquiera nadie sabía cual era el motivo por el que se estaba haciendo dicha cola más que albergar su propia idiosincracia de mecanismo de espera.
Así unos decían que era la cola para entrar en el paraíso, mientras que otros aseguraban que se trataba de la cola del infierno o, en todo caso, de la de la muerte. Pero nadie creía a estos últimos por sospechar que pudieran decir eso para amedrentar a los presentes con el objetivo de que estos abandonaran la fila y poder así ocupar su turno en ella.
En todo caso, era una cola en la que esperar un destino o un futuro mejor aunque este no llegara nunca o en caso de ser alcanzado resultara ser menos de lo previsto. Como quizás en todas las colas sucede.
Así, se puede hacer cola por muy diversas razones: desde comprar una entrada para un evento hasta esperar tu turno en la panadería. Y, a veces, incluso, podemos estar inmersos en colas que ni sospechamos o preferimos ignorar. Como guardar cola para que llegue la hora de nuestra muerte ¿Cual es el número que nos toca y al que con tanta voluntad nos aferramos a pesar nuestro? O tal vez también haya una cola para que nos entre el sueño cada noche o una cola para alcanzar la fama y otra para quedar de nuevo sumidos en el olvido. Está la cola de la cama de la persona amada y está la cola para la operación de vesícula. Con lo que hay colas en las que uno quiere ser el primero y otras el último aunque no esté muy claro cual preferir en cada caso.
Lo fundamental es estar insertados en ese ser vivo fluctuante que avanza a través de elongaciones y contracciones arrastrandose a través de los minutos o las horas con sus múltiples pies que recorren las aceras o los pasillos mientras respira acompasadamente con todos sus numerosos pulmones sabiendose vivo mientras haya un motivo para la dilación expectante de su ciclo vital.
Porqué un mundo sin colas sería un lugar donde toda persona se creería con derecho a ser atendido de inmediato y querría obtener todo con prontitud sin tener que pasar por esa espera que acrecenta el deseo de alcanzar aquello por lo que uno aguarda. Sería un mundo de resoluciones súbitas con logros alcanzados de forma tan repentina que resultarían ingratos al añadirsele a la propia fugacidad del placer obtenido el agravio de la inexistente espera previa. Que tantas veces es la que confiere un cierto anhelo de eternidad a la efímera dicha posterior.
Porque hay en la cola un significado de intérvalo, un sentido de destino que tal vez en apariencia solo nos conduzca a conseguir dos croissants y un pan de chapata pero que en el fondo lleva implicita la esperanza de que haya algo por lo que merezca esperar. Por lo que valga la pena estar inmerso en este engranaje ordenado de personas en el que hay un principio y un final y en el que salvo eccepciones desonrosas se respeta un turno y cada individuo que lo integra es poseedor de un número ordinal que le permite adelantar posiciones al unísono que los demás y trasladarse de modo igual que se desplazan las hormigas.
Pero una vez hubo una cola infinita que no tenía ni principio ni final. Y la gente la integraba creyendose de los primeros o de los últimos cuando en realidad todos permanecían en un punto indeterminado en medio de esa inmensa hilera que recorría las calles y también los prados, que reseguía las veras de los ríos y cruzaba las montañas e iba de un lado a otro entrando en edificios, subiendo y bajando escaleras, rodeando manzanas y recorriendo cunetas a través de las carreteras hasta perderse más allá del horizonte.
La gente que conformaba dicha cola ni tan siquiera sabía la dirección en la que se desplazaba y había arduas discusiones entre sus integrantes por ver si la persona de al lado iba delante o detrás de uno. De esta forma unos miraban hacia una dirección, con la intención de que la cola avanzara en ese sentido, y otros dirigían a la vez sus miradas hacia el opuesto punto cardinal. Daba igual. Tampoco la cola avanzaba en realidad sino que su movimiento era un mero efecto óptico y, en verdad, ni tan siquiera nadie sabía cual era el motivo por el que se estaba haciendo dicha cola más que albergar su propia idiosincracia de mecanismo de espera.
Así unos decían que era la cola para entrar en el paraíso, mientras que otros aseguraban que se trataba de la cola del infierno o, en todo caso, de la de la muerte. Pero nadie creía a estos últimos por sospechar que pudieran decir eso para amedrentar a los presentes con el objetivo de que estos abandonaran la fila y poder así ocupar su turno en ella.
En todo caso, era una cola en la que esperar un destino o un futuro mejor aunque este no llegara nunca o en caso de ser alcanzado resultara ser menos de lo previsto. Como quizás en todas las colas sucede.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


